OPINIÓN. EL BOLSILLO

Recetas para la crisis

SI usted es un incondicional de las papas aliñás antes de echarse la siesta con las chicharras o el esplit en estéreo, está usted de enhorabuena en los próximos meses. Las patatas, los pimientos y la cebolla han bajado de precio en el último año y, dentro de lo que cabe, están baratos. Si para usted es una cuestión de principios seguir a pies juntillas la receta de su madre, y eso implica ponerle al muy andaluz plato huevo duro y tomate, y quizá adornarlo con un poco de atún y unas aceitunas rellenas, entonces la cosa cambia: esos ingredientes han sufrido unas subidas en algunos casos escandalosas. Debe usted aderezarlo con aceite de oliva, como es de ley por otra parte. El precio del oro verde está –también dentro del despiporre general– contenido. Los boquerones fritos –¿recuerdan?– son una especie en vías de extinción en comedores y barras. El pescado azul y la harina son víctimas directísimas de la muy discutible huelga de transportes. Los malagueños espetos de sardinas quizá vuelen este verano de los chiringuitos de Bajondillo a la carta del Hotel Puente Romano, sacando pecho entre las especialidades arábigo-asiáticas y el caviar de beluga.

Aunque no en exclusiva, elbirlibirloque de la cadena de distribución hace que, por ejemplo, el tomate multiplique su precio en origen por más de seis hasta llegar a su frutero, por no hablar de las aceitunas, que lo hacen por más de ocho. Otros alimentos que van volando y por el camino se entretienen mucho son esas sandías que cada vez pesan más, y los plátanos: reponer potasio no será muy gravoso para Nadal hoy si está en la final de Wimbledon pero, para la familia media, comer plátano protegido de Canarias es cada vez más caro. Acabaremos pidiendo la fruta por piezas, como Don Corleone antes de que lo balacearan. O como cualquier británico: “dos naranjas, ésa manzana, docena y media de picotas del Jerte, por favor”.

La huelga en la que los transportistas proyectaron su problema en todos los demás está detrás de esto de manera muy directa. Pero, como sucede con el petróleo y, en menor medida, sucedía con la burbuja inmobiliaria que nos ha estallado en la cara, para comprender la inflación galopante de los alimentos hay que considerar más variables. Empezando por los propios precios de un petróleo que es refugio de los dineros especulativos y los manipuladores, que no son la misma cosa. Los primeros, a pesar de su mala fama y aunque puedan repelernos muchas veces, son un ingrediente básico de nuestro sistema económico y, sin ir más lejos, un componente esencial de las muy institucionales bolsas de valores o cualquier otra compra pensada para ser revendida con plusvalía. Los segundos, los manipuladores, tienen un componente delictivo: la propia ley penal habla de “maquinación para alterar el precio de las cosas”: mercados paralelos y fuera de control, golfos de guante blanco. Echémosles un galgo a los invisibles maquinadores del crudo.

Pero no sólo la cosa se explica por las huelgas privilegiadas y por un petróleo que afecta a todo precio, hay otras caras en este poliedro que nos va a empujar a una dieta “a la cubana”. Los dedos apuntan, así, hacia la cadena de distribución, hacia las grandes distribuidoras, que en muchos casos son asimismo las dueñas de los lineales de los que llenamos los carros como posesos a principios de mes. También tiene que ver en la taquicardia cotidiana del súper un sector financiero –la banca– que ha retirado liquidez –dinero– del sistema, en cantidad, por miedo en buena parte. Según Botín, que de esto sabe, “una gripe pasajera”. Hay quien lo ve desde otro prisma. No es que sea un referente de peso, la verdad, pero puede tener razón la señora Fernández de Kirchner, presidenta de Argentina, cuando dice que “hay una simultaneidad entre la disparada de precios en los alimentos y la crisis hipotecaria del sector financiero”. Lo que puede llegar a haber tras unas “papás aliñás”.

Nos consolaremos con las rebajas, salvajes este año, según nos dicen los que venden. Compren un par de tallas menos, que nos vamos a quedar con el tipito de un novillero.

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