HISTORIA

Gaditano pero no amarillo

  • El único submarino construido en los astilleros de Cádiz, con diseño alemán, fue botado en los años 30. Rechazado por la Armada Española, terminó navegando en la Marina de guerra de Turquía

Cádiz sí que tuvo un submarino, pero no era amarillo. Fue el único sumergible construido en la historia de los astilleros de esta ciudad, un barco de la generación del Juan Sebastián de Elcano, ya que nació en la misma factoría, la de la firma Echevarrieta y Larrinaga. Hasta muy tarde no tuvo nombre. En la mesa de proyectos fue el E-1 y en la factoría era la construcción número 21. Más tarde, mucho después de botado, tendría nombre otomano.

Pero hasta esa botadura hubo un largo parto. Todo comenzó en 1925. Al Directorio Militar de Primo de Rivera no se le escapó la importancia del arma submarina en la guerra naval moderna. En aquellos años quienes estaban más avanzados en la tecnología de la navegación sumergible eran los alemanes, ingleses e italianos. Se optó por la ingeniería alemana y en 1927 Horacio Echevarrieta negoció con los germanos, nada menos que con Canaris, la adquisición de un sumergible.

Horacio Echevarrieta y Maruri era un financiero de gran peso en España. En 1918 había comprado los astilleros gaditanos de Vea Murguía, propiedad de la Constructora Naval Española, que pasaron a ser los astilleros de Echevarrieta y Larrinaga. Metido en todas las salsas, lo mismo fundaba Iberia con Alfonso XIII pese a su ideología republicana, que negociaba con los emergentes capitalistas alemanes. Propietario de periódicos, entre ellos El Liberal de Indalecio Prieto, lo mismo alijaría armas para el golpe de estado de 1934 que negociaría con Franco años después, hasta el punto de que quien fuera jefe del estado le incautó los astilleros gaditanos, cuestión que arregló el financiero vasco convirtiendo la incautación en venta, dos años más tarde. Muestra de su habilidad y versatilidad fue su amistad con Abd el Krim, enemigo público número uno del Reino de España a principios de los años veinte. De hecho negoció el rescate de los prisioneros españoles cautivos de las cábilas rifeñas, tras el desastre de Annual.

Echevarrieta negoció con los alemanes la construcción del E-1 en Cádiz. Los alemanes habían radicado su astillero en Holanda, en Fejenoord, con la marca IV (Ingenieurskantoor von Scheepsbouw).El industrial vasco se entrevistó con los alemanes por encargo del Directorio pero inició por su cuenta la construcción, con idea de vender el buque una vez terminado, a la Armada Española. Todo el material, excepto torpedos, cañones y municiones, vino desde Alemania y Holanda. En aquellos años el tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, restringía a la potencia perdedora –Alemania precisamente– la fábrica de armas y venta a terceros países. Eso no fue obstáculo para el hábil Horacio Echevarrieta: llegaban las piezas sin problemas y el E-1 iba tomando forma en la grada gaditana.

El submarino gaditano, en cuanto a armamento, velocidad de navegación sumergido y en superficie, y velocidad de inmersión y emersión, superaba a los estándares conocidos hasta entonces. Por fin, el 22 de octubre de 1930, se botaba el barco en aguas de la bahía rotulado como el E-1.A la botadura asistió el doctor Hans Techel, director del astillero alemán radicado en Holanda. Cinco días después, el 27 de octubre de ese 1930, Alfonso XIII, de visita en la ciudad con ocasión de la jura de bandera de su hijo, el infante don Juan de Borbón, en la Academia Naval Militar de San Fernando, estuvo a bordo conociendo los pormenores del moderno buque que tan velozmente se había construido desde que se puso la quilla, en marzo de 1929.

Una de las curiosidades históricas de este submarino gaditano es que las pruebas de mar, que comenzaron en mayo de 1931, fueron realizadas por especialistas del arma submarina alemana, entre ellos Lothar von Arnauld de la Périere, un as de la Primera Guerra Mundial que había comandado el U-35. Jorge Bañón Verdú –cuyo espléndido trabajo sobre este barco es una de las fuentes de este artículo junto con el libro de Pablo Díaz Morlán, las fotografías de la colección de José María Rodríguez Díaz y textos de la hemeroteca de Diario de Cádiz– señala que también estaba a bordo otro submarinista famoso: Harald Grosse, que al mando del U-34 hundió el submarino español C-3 el 12 de diciembre de 1936 en aguas de Málaga. Grosse tuvo el mismo fin ya que murió en 1940 a bordo del U-52, hundido en el Mar del Norte por el destructor británico Gurkha.

Volviendo a 1931, ahora Echevarrieta tenía que vender el sumergible. Pero ya el clima había cambiado. Ahora las preferencias miraban a la tecnología submarina inglesa. Echevarrieta quiso vender el submarino a la Armada Española por casi ocho millones de pesetas. La Marina lo probó en Cartagena. En 1931 la Armada rechazó el buque sumergible. El barco seguía en venta. El hábil Echevarrieta intentó colocarlo a Francia, Polonia, Yugoslavia y otra vez al Gobierno de la República Española pero no tuvo éxito. El precio había subido, ya eran trece millones de pesetas. Poco después del golpe de estado de 1934, representantes de Echevarrieta –estaba encarcelado por el alijo de armas para ese pronunciamiento– negociaron con Turquía una venta que se cerró en verano de 1935 por casi nueve millones de pesetas. Casualmente, el comandante de las pruebas de mar del submarino gaditano, Lothar von Arnauld de la Periere, era profesor entonces de la Academia Naval de Turquía y fue el intermediario en la venta.

El julio de 1935 zarpaba desde Valencia con rumbo a Estambul el submarino gaditano. Ya no era el E-1, en la lista de la armada de lo que fue Sublime Puerta era el Gür. Solamente había cuatro turcos a bordo. Toda la tripulación que navegó hasta la antigua Constantinopla era de nacionalidad alemana. El Gür, gaditano de pila, sirvió en la armada turca hasta 1947. Nunca volvió a Cádiz y nunca estuvo pintado de amarillo.

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