OPINION. EL BOLSILLO

Ejecutivos excesivos

Si usted escucha decir que los precios no paran de subir por culpa de  las excesivas ganancias que obtienen las empresas por la venta de sus productos y servicios, podrá convenir que eso es cierto, o no, pero seguramente descartará que quien eso afirma sea el gobernador del Banco de España –como así ha sido, el lunes–, un hombre nada sospechoso de tener una gota de sangre jacobina a estas alturas de curso. Si usted escucha que hay que poner en jaque a directivos excesivamente codiciosos y cegados por salarios galácticos, comidas, complementos en especie, gastos y stock options, se imaginará que quien esto sostiene es, quizá, un blogger irredento que lanza en pijama andanadas antisistema por internet, quedándose más que a gusto.

Pero no; quien ha enarbolado  esta semana la bandera de la lucha contra los excesos ejecutivos no es otra que la canciller alemana, la conservadora Angela Merkel. No en estos días, sino algún tiempo atrás, el comisario europeo Joaquín Almunia –que, como el gobernador Fernández Ordóñez, perdió la impedimenta izquierdista en algún portal– advirtió de que las divergencias entre las rentas salariales y las de las empresas estaban cada vez más desequilibradas a favor de estas últimas, y que esto no era bueno para nadie, tampoco para las propias empresas. El propio Almunia, hace un tiempo, afirmó que, aparte de la brecha creciente entre las rentas salariales de empleados normales y empleados en la cúspide, se da la paradoja de que a ejecutivos incompetentes se los “ahoga” en dinero –la expresión es original de Merkel, de nuevo– y que sus retribuciones crecen precisamente cuando fracasan: patadas hacia arriba en el  organigrama, irracionales blindajes contractuales que hipotecan a las empresas...

Suele atribuirse a las empresas privadas la condición de meritocracias (tanto vales, tanto ganas), pero eso tiene bastante de mito. Y parece que, de pronto, a la denominada tecnocracia se le imputa, no en exclusiva, los excesos en los precios que pagamos por las cosas, así como el descenso de los dividendos que cobran los dueños y, en definitiva, se achaca a los altos ejecutivos gula retributiva. En el mundo del trabajo, los pecados capitales son los verdaderos pecados, los naturales. Bien mirado, como en la vida en general. La cosa no es nueva.

El canadiense John Kenneth Galbraith, outsider denostado por muchos pero con mando en plaza dentro del parnaso de los economistas, señalaba a la tecnocracia –gobierno de los técnicos no propietarios– como el poder que deforma la realidad económica: por un lado, manejan a los consumidores (no entraremos en explicar en qué basa esta cruda afirmación); por otro, hacen de la empresa que les paga un medio de promoción profesional, creando un mercado de tecnócratas, ejecutivos que dedican demasiado tiempo a estrategias y redes de contacto –y de caída– personales. Si aplicamos el razonamiento a los políticos, quizá no tengamos que cambiar ni una coma.

El ejemplo alemán suele ser valioso. Alemania, la Alemania que paga sus impuestos religiosamente pero que también evade cientos de millones a Liechtenstein, suele convertir en un debate ético y público muchas cuestiones económicas y políticas. Entre las políticas, cabe recordar la Gran Coalición gubernativa de los dos partidos rivales tras unas elecciones no determinantes. Impensable por aquí, casi da risa de pensarlo: Martínez Pujalte codo con codo con De la Vega en los bancos azules. Política-ficción aliñada con ácido lisérgico. Entre las económicas, el debate iniciado por Merkel sobre lo inaceptable de situaciones que chocan con el sentido de lo colectivo de los teutones: no le parece tolerable que los altos ejecutivos de las grandes compañías no sólo ganen millones de euros al año (el presidente de Deutsche Bank, trece millones: ¿le pusieron el sueldo los accionistas?), sino que mientras los salarios crecen un dos por ciento anual –responsabilidad germánica–, los de los altos ejecutivos han crecido en cuatro años ¡un 62 por ciento! Quizá la ley anti-excesos que Merkel promueve acabe contagiando a otros. Para bien y para mal, la clase ejecutiva andaluza no reproduce estos problemas, o lo hace a una escala proporcional a nuestra estructura económica.

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