Anécdotas de la policía local

Agente, déjeme explicarle

  • Dos periodistas recopilan en un libro testimonios que desmontan el estereotipo del Sheriff. 'Poli de patrulla' cuenta con la colaboración de los policías

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La estereotipada imagen de que los policías locales son una especie de sheriffs con la única misión de multar a los ciudadanos se desmonta en el libro Poli de Patrulla (Almuzara), que acaba de llegar a las librerías. Los periodistas de Diario de Sevilla Jorge Muñoz y Fernando Pérez han recopilado por toda la geografía nacional las anécdotas de este cuerpo policial con la idea de mostrar la cara más divertida y solidaria de estos agentes. Los autores dicen que su obra se publicó antes de que saltara el escándalo sobre la presunta corrupción policial en Coslada, un caso que, según comentan, no puede enturbiar la labor que realizan los más de 60.000 policías locales que hay en España.

En sus diferentes capítulos, Poli de Patrulla describe, a través del humor, la labor que realizan estos agentes, desde la redacción de los atestados, pasando por el trabajo de las unidades nocturnas de la Policía Local o las vicisitudes que tuvieron que soportar las mujeres para incoporarse a este cuerpo. El libro recuerda como, en un primer momento, las mujeres no podían llevar pistola o defensa y ni siquieran podían casarse, so pena de ser expulsadas de la Policía Local.

Una de las situaciones más divertidas que, según los autores, han recopilado aparece en el capítulo titulado El pelotón de los zombis, dedicado al turno de noche. La cuentan de la siguiente forma: “A las tres de la madrugada, unos policías sorprenden a un joven que andaba portando una jaula con un canario en su interior en una calle de una barriada periférica de una gran ciudad. La jaula lleva su comedero repleto de alpiste e incluso alguien le había colocado un par de hojas de lechuga para alimentar al pájaro. Ante lo extraño de la situación, sobre todo por la hora, los agentes se acercan al hombre y le preguntan qué de dónde ha sacado la jaula. Éste responde que el canario es suyo y que se lo acaba de regalar una tía suya. Los policías identifican al hombre y comprueban que se trata de una persona que ya cuenta con antecedentes por algún que otro robo. Evidentemente, los policías no se creen la historia y uno de ellos decide poner en práctica una estrategia para hacer que el sospechoso confiese el robo. El agente se aleja del patrullero y se marcha adonde no puedan oírle ni el ladrón ni su compañero, que siguen discutiendo. Una vez lejos, el agente toma la radio y anuncia: ‘A todas las unidades, se nos ha comunicado que hace unos momentos han robado de un domicilio un canario en su jaula. Este canario es campeón de España de canto y su valor es de más de 6.000 euros. Si ven a algún individuo portando una jaula con un canario, deténganlo y comprueben que se trata del canario buscado’. Al individuo se le iba cambiando la piel de color a medida que iba oyendo el mensaje en la emisora del vehículo policial. Al ver que el joven estaba literalmente blanco, los policías continuaron adelante con su estrategia y le dijeron que no iría a la cárcel si lograba demostrar que el canario que llevaba en la jaula no era el campeón de canto. Así, el hombre terminó cantando más que el canario, llevó a los agentes al domicilio del que había robado el pájaro, que estaba a poco más de un kilómetro de donde fue sorprendido por la Policía Local. Ya en la comisaría, el hombre renegaba de su mala suerte y pedía a los policías que le dijeran al juez que lo sentía mucho y que cómo iba él a imaginar que había robado a todo un campeón”.

Otra de las anécdotas se inicia con las llamadas de unos vecinos alertando de los tremendos gritos que procedían de una de las viviendas. Los policías llegaron todo lo rápido que pudieron y en un principio no oyeron nada. De todas formas, para aclarar lo sucedido, se dirigieron al piso en cuestión por si ocurría algo. Cuando entraron en el bloque se encontraron con un pasillo largo y ancho y justo en ese momento se oyó un chillido absolutamente desgarrador. Los policías echaron a correr por el pasillo y ganaron el piso en cuestión de segundos. Llamaron a la puerta y salió una señora de unos cuarenta años, en bata de casa. “¿Qué pasa, qué pasa?, dijo la mujer. Resultó que la señora se acababa de comprar un home cinema y estaba estrenándolo con una película de miedo que tenía puesta a todo volumen. Tanto que los vecinos pensaron que ocurría algo extraño en el piso. “En fin, nos vamos, señora, pero ponga usted la tele un poco más bajita, si no le importa”, terminó diciendo uno de los policías.

En otras ocasiones, la situación hilarante se produce por la falta de medios de los policías. Hace algunos años, dos policías locales patrullaban por una barriada con un vehículo más viejo que Matusalén. Por delante del patrullero pasó entonces un coche que figuraba como sustraído y cuyos dos ocupantes emprendieron la huida a gran velocidad al detectar la presencia de los agentes. Se inició una persecución, con luces y sirenas, a todo gas, por varias calles de la ciudad. Los sospechosos hacían caso omiso de las órdenes de alto que desde el equipo de megafonía daba uno de los policías. Pero los individuos seguían sin detenerse hasta que, de buenas a primeras, el vehículo policial puso fin a la persecución: primero se oyó una gran detonación y el coche se paró en seco. Los dos agentes maldecían su mala suerte y lanzaban toda clase de improperios contra el coche que había permitido que se escaparan unos ladrones, cuando de pronto ven cómo el vehículo que iba delante de ellos se detiene estrepitosamente y sus dos ocupantes se bajan lentamente del coche, cada uno por su lado y con las manos en alto. “¡No disparen! ¡No disparen! ¡Que nos rendimos!”, repetían sin parar los dos delincuentes al creer que los agentes habían abierto fuego contra ellos. Era la primera vez en la que un patrullero se consideraba como un arma letal.

Esa peculiar detención no quedó reflejada en el atestado que hicieron los agentes, como aquella otra anécdota que le sucedió a dos agentes que se encontraban patrullando por el centro de una gran capital andaluza y a los que se acercó una señora muy indignada para pedirles auxilio. “Necesito su ayuda. Vengo de esos grandes almacenes, donde he hecho una compra en rebajas y no me quieren descambiar el producto y devolverme el dinero. ¿Qué puedo hacer?”. Los agentes le explicaron que si tenía el ticket, tenían que descambiarle el producto, pero la mujer insistía en la negativa del comerciante. Uno de los agentes, formuló la pregunta clave: “A ver si nos aclaramos, ¿usted no querrá cambiar una prenda interior? Porque eso no puede hacerse por motivos de higiene personal”. En ese momento, la mujer titubeó pero contestó que no se trataba de nada similar. Abrió la bolsa y comenzó a extraer con una mano un consolador metálico de tamaño considerable. Los agentes casi no pudieron contener la risa y, como pudieron, le comentaron que esos instrumentos para el placer sexual tenían las mismas reglas que la ropa interior y no podían descambiarse.

> Poli de Patrulla. Jorge Muñoz y Fernando Pérez Ávila. Editorial Almuzara (2008).

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