El último refugio

Casi 70 años después, es imposible imaginar que allí murieron unas 60 personas. A las puertas del Ayuntamiento de El Viso, en el mismo empedrado de la Plaza de la Constitución, cuatro planchas metálicas cubren uno de los grandes vestigios de la Guerra Civil que todavía se conservan en el Norte de Córdoba. El alcalde, Juan Díaz, ayuda al jefe de Obras del Ayuntamiento a levantar una de las pesadas planchas y descubre, como si se tratara de una cueva secreta, una de las cuatro puertas de entrada a lo que fue uno de los mayores refugios colectivos que cobijaban a la población de los terribles bombardeos aéreos de la contienda.

Bajo la plancha, una enorme pendiente conduce a más de cinco metros de profundidad de la superficie. En el exterior, el mercurio apenas supera los 10 grados. En el agujero, el calor y la humedad empañan gafas y los objetivos de las cámaras. Hoy, el silencio tan sólo es interrumpido por el crujir de los pasos sobre un terreno repleto de escombros. Una vez más, es imposible imaginar el sonido de hace 69 años: el repicar incesante de las campanas alertando de la presencia de aviones, los gritos desesperados de los vecinos intentando entrar, niños llorando, el motor de los Heinkel y el estallido de las primeras bombas.

Con el silencio actual de fondo, el alcalde, foco en mano, explica la estructura de un refugio que se extiende bajo toda la plaza de la Constitución de El Viso. "Son metros y metros de túneles en zig-zag", construidos a pico y pala sobre tosca dura, un material similar al granito aunque un poco más blando. Ninguna galería tiene más de cinco metros en línea recta. Recodos y recodos en túneles de apenas un metro de ancho diseñados para evitar que en caso de que una bomba alcanzara una de las entradas del refugio la metralla causara estragos.

A cinco metros bajo tierra, la orientación es imposible y la expedición muy arriesgada. Hace 69 años, los obreros que construyeron este laberinto de galerías -presos políticos, presumiblemente, dirigidos por mineros republicanos- reforzaban los túneles con maderos en el techo y arcadas de ladrillo cada pocos metros. Muchos de esos maderos se han podrido y algunas arcadas se han derrumbado.

El refugio ha estado sellado desde años después de que acabara la Guerra Civil hasta 2006. En todo este tiempo, sólo los supervivientes del conflicto y un camión hormigonera que se hundió durante unas obras en la plaza conocían su interior. Hace un año, el Ayuntamiento, en una apuesta personal de su alcalde, decidió volver a explorarlo, conocer sus secretos. Gracias a los testimonios de algunos vecinos, se abrió una de las cuatro bocas del refugio, que se ocultaban a las puertas de las mismas casas consistoriales. El Consistorio inició entonces una pequeña obra de urgencia. Se gastó 15.000 euros en reforzar con hormigón las paredes de entrada al refugio, en asegurar con maderos el techo y en llevar un sistema de luz, agua y sonido por si en un futuro se pueden poner en valor los restos. Hace falta mucho más dinero para restaurar al menos un diez por ciento de las galerías y acondicionarlas para poder ser visitadas, pero de momento no llegan las subvenciones. "Nos gustaría hacer un museo de la Guerra Civil, pero sin rencores. Contando sólo lo que aquí vivieron los vecinos", insiste el alcalde. Un testimonio de algo que nunca más se podría volver a repetir.

Y es que El Viso fue uno de los pueblos más azotados por las barbaridades de la guerra; entre 1936 y 1939 era un municipio rodeado por un frente compuesto por kilómetros y kilómetros de trincheras, con iglesias y ermitas transformadas en polvorines, casas llenas de soldados y un surtidor de gasolina fundamental para el transporte de las tropas republicanas. Y protagonista de uno de los bombardeos más crudos y más desconocidos de toda la contienda en Andalucía.

José Muñoz Ruiz, uno de los supervivientes de la masacre, tenía 12 años aquel terrible día de Nochebuena de 1938 en el que "dos escuadrillas de pavas -bombarderos Heinkel proporcionados al Ejército Nacional por Hitler- vinieron a darnos el aguinaldo". El vigilante que oteaba el cielo desde la torre de la parroquia apenas si tuvo tiempo de anunciar la presencia de los aviones. A las 12.00 y segundos después de que las campanas sonaran, una escuadrilla de nueve Heinkel acechaba a El Viso desde Badajoz.

Los soldados y gran parte de la hambrienta población civil hacían cola para el rancho. Al escuchar el vuelo del primer avión la cola se disolvió y llegó el caos. La primera bomba voló por los aires el surtidor de combustible. Los vecinos se echaron al campo, a protegerse bajo los árboles, corrieron a las zanjas y los más rápidos se lanzaron a los refugios -el de la plaza del Ayuntamiento era el más importante, pero no el único-. Pero apenas dio tiempo. Una bomba impactó de lleno contra una de las bocas del refugio principal, matando a 60 personas. A cinco metros bajo tierra, centenares de viseños y de soldados se apretujaban mientras crujían las paredes, mientras en el campo y las trincheras, los muertos se contaban por docenas.

Veinte minutos después se apagó el sonido de las bombas y comenzaron los gritos. No dio tiempo a atender a los heridos. Una segunda escuadrilla de pavas sembró el pánico de nuevo. En hora y media, arrojó más de 300 bombas. Algunas de las que no estallaron siguen apareciendo de vez en cuando, en los campos de alrededor o en cimientos de alguna casa que se comienza a construir.

Murió mucha gente. No hay documentos que la cuantifiquen. Y se pasó mucho miedo. Pero ese refugio que se acaba de redescubrir salvo muchas más vidas. Esta es la historia que el Ayuntamiento quiere contar. Para que no se olvide.

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