Vida y muerte del ferrocarril del Norte

Un tren con 38 años de retraso

  • El 1 de agosto de 1970, el ferrocarril se despedía de Los Pedroches · Hoy, sus ruinas apenas traducen la grandeza de un medio que trajo el progreso a la zona

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El 1 de agosto de 1970, la comarca de Los Pedroches perdió el tren. Fue un día normal, caluroso y con olor a polvo. Aquella jornada, en la estación de Pozoblanco crujía una automotora diésel. Un puñado de curiosos, en su mayoría a punto de convertirse en ex trabajadores de Renfe, veía como, entre sonidos metálicos, un tren pequeñito, con pocos vagones, se marchaba, se perdía entre remolinos de polvo en el horizonte. Fue la última vez que lo vieron.

Pasaron los años. Se sucedieron fríos inviernos, húmedas primaveras y secos veranos; y la herencia de la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya (SMMP), el orgullo de la ingeniería francesa en el Norte de la provincia de Córdoba, se fue poco a poco desvencijando. Se pudrieron las traviesas, se robaron los raíles para venderlos a la chatarra, se derrumbaron los muros de las estaciones y se desprendió el granito de los puentes y de los grandes viaductos de la línea. Llegó la ruina. El puñado de nostálgicos que nunca más volvió a ver el tren aquel 1 de agosto de 1970 no se equivocaron al señalar a ese día como uno de los más tristes para Los Pedroches.

En 1906, 64 años antes, el ferrocarril había revolucionado la comarca. Como en el Macondo de Gabriel García Márquez y su metafórico tren amarillo, el ferrocarril que construyó la SMMP para conectar sus explotaciones mineras trajo el progreso a Los Pedroches. Llegaron el comercio, los viajeros, la oportunidad de llegar más allá, de exportar las materias primas, de estudiar, de conocer la verdadera revolución industrial. Creció la población, se fundaron pueblos, llegaron maestros, médicos... Se abrió una gran puerta. Pero en 1970 se cerró, sin que se abrieran otras. Las carreteras eran poco más transitables que durante la Guerra Civil. El viaje a Córdoba duraba cuatro horas desde el corazón de Los Pedroches después de un infierno de curvas. La salida a Madrid era una incursión a través de Sierra Madrona hacia Puertollano para coger el tren. Una odisea.

Pero la puerta no se cerró de golpe en Los Pedroches. Fue una muerte agónica que todavía hoy se llora. A mediados de los 50, la SMMP abandonó sus minas. La Guerra Civil había exprimido sus recursos, había estrujado sus pozos mineros, había matado a sus mejores obreros y había destrozado sus infraestructuras. Ya no había más dinero que ganar. Y se marcharon. Atrás dejaron decenas de pozos abiertos, de industrias sin patrones y un ferrocarril de 245 kilómetros que unía a tres provincias -Badajoz, Córdoba y Ciudad Real-, que transportaba sus mercancías y también a pasajeros. Poco a poco, los pozos se cerraron y las industrias quebraron. Pero no el ferrocarril. En 1956, el Gobierno se quedó con él y con grandes fastos anunció que lo restauraría, que lo convertiría en el orgullo de la comarca y que volvería la prosperidad a una zona en la que sus vecinos ya empezaban a hacer la maletas, a emigrar a otros puntos de España o al extranjero en busca de un futuro más prometedor.

Pero el Gobierno se equivocaba. ¿Porqué? La respuesta la tiene Manuel García Cano, periodista y escritor, pero sobre todo antiguo trabajador ferroviario de la línea entre Peñarroya y Puertollano, y su único historiador. "Los que entonces trabajabamos en el ferrocarril creímos que el Gobierno iba a solucionar todos los problemas", recuerda García Cano, que a sus 81 años conserva una agilidad física y mental de un joven adolescente. "El Estado montó circulaciones de mercancías nocturnas y un tren más de viajeros, y sustituyó la tracción a vapor". Las locomotoras de carbón y altas columnas de humo pasaron a la historia. "Compraron en Francia varias automotoras con motores diésel y las montaron en Peñarroya-Pueblonuevo". Hasta aquí el proyecto marchaba de maravilla, pero había un gran problema.

La línea entre Peñarroya y Almorchón era una de las pocas de España con un ancho de vía de un metro (el ancho ibérico sigue siendo de 1,65 metros) y contaba con un trampo complicado de salvar. Entre Conquista y Puertollano se encontraba Sierra Madrona y sus empinadas pendientes. Los ingenieros franceses de la SMMP idearon un ferrocarril eléctrico en 1927, uno de los primeros de España, que daba fuerza a las locomotoras con hasta 400 toneladas de carbón para subir a lo más alto de la sierra. "Pero las automotoras no podían", recuerda García Cano.

¿Cuál fue la solución? "Quitar vagones". Y se creó un problema. En Pozoblanco, cada tren era esperado por un centenar de personas pero sólo tenía capacidad para transportar a 50, según explica el antiguo ferroviario. "De esta forma, la gente poco a poco se fue apartando del tren. Así, hasta que en 1970 se cerró". Además, el tráfico de mercancías también cesó. Si una automotora no podía con el peso de 100 pasajeros, ¿cómo iba a hacerlo con toneladas de carbón, plomo, plata, aluminio o tugsteno de Peñarroya?

Fue el final. "Nadie protestó", apunta García Cano. "Sólo el alcalde de Peñarroya-Pueblonuevo, un tal Rafael del Pino, fue a Madrid a quejarse, pero con las mismas lo mandaron de vuelta". La economía cayó en picado, la población marchó al extranjero, la comarca se deprimió.

Hoy del tren sólo quedan fotografías y restos que ya casi se pueden catalogar como arqueológicos. La mayoría de las estaciones se abandonaron. La de Pozoblanco se demolió y sobre sus ruinas se pudo construir el hospital comarcal. En Alcaracejos, un particular acaba de construirse una coqueta vivienda en su interior. En Villanueva del Duque, el Ayuntamiento ha restaurado la antigua estación de El Soldado, un pueblo surgido a la luz del progreso de las minas de plata que hoy está abandonado, derruido, en cimientos. Sus ruinas atestiguan el auge y caída de la zona. Del tren no quedan traviesas. El trazado ha sido sustituido por caminos y sus infraestructuras aparecen derruidas y ya casi nadie sabe para qué sirvieron. En la carretera que une Alcaracejos con Pozoblanco se suceden puentes que todavía salvan arroyos pero que ya nadie cruza. Se ha perdido un tren, y el placer de viajar mirando el paisaje por su ventana.

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