La inquietante belleza de un refugio antiaéreo

  • Las entrañas de la plaza de España de Villanueva de Córdoba guardan el baluarte defensivo mejor conservado de toda la provincia: una enorme sala de bóvedas apoyadas en pilastras de granito y ladrillo

El secreto que guardan las entrañas de la plaza de España de Villanueva de Córdoba no parece lo que es: un refugio de la Guerra Civil construido para proteger a la población de los bombardeos de la aviación. Sus túneles son amplios, con techos altos y con una pendiente cómoda. Su interior es espacioso y hasta gozaría de cierta belleza arquitectónica si no se hubiera usado para proteger de las bombas y las explosiones a centenares de personas muertas de miedo. Más que un refugio antiaéreo, parece una bodega decorada con arcos de ladrillo sustentados por la abundante tosca de granito de Los Pedroches. Algo precioso que, como las murallas y castillos de la Edad Media, demuestra que también se puede hacer arte para defenderse.

El 27 de marzo se cumplirán 70 años de la caída de Villanueva de Córdoba, uno de los últimos pueblos de la provincia que permanecieron en poder de la República hasta el final de la Guerra Civil. Ese día, se cegó y se intentó silenciar la gran huella que dejó la contienda en el pueblo: una oquedad entre el Ayuntamiento y la iglesia de San Miguel creada para proteger a la población de los bombardeos. Ahora, siete décadas después y tras un intento hace 25 años, el Ayuntamiento de Villanueva va a reabrir el refugio, se lo va a mostrar a sus vecinos y lo va a convertir en una sala de exposiciones y de conferencias a dos metros bajo tierra; ya no servirá para proteger vidas.

Después de una obra leve, centrada en acabar con las humedades y en evitar las constantes inundaciones que sufría el refugio, el Ayuntamiento lo va a reabrir al público casi casi como se lo encontró, ya que presenta un estado de conservación que no exagera al adjetivo de perfecto. La alcaldesa, Dolores Sánchez (PP), espera que a final de enero los jarotes puedan volver a recorrer los gruesos muros de piedra del refugio, pero ya no para huir de las bombas, sino para recordar cómo lo hacían sus abuelos hace 70 años.

Pese a que está en el centro del pueblo y a que durante la Guerra Civil acogió a centenares de personas, apenas quedan fuentes documentales escritas sobre el refugio antiaéreo de Villanueva de Córdoba. Un equipo de etnólogos y arqueólogos de la Junta de Andalucía, que está inventariando los elementos de arquitectura defensiva de la Guerra Civil en Córdoba, acudió hace un año hasta Villanueva y para completar su informe tuvo que echar mano de los testimonios orales. La coordinadora de este informe, la etnóloga Mónica Alonso, describe el refugio con un "aspecto monumental y sobrio, propio de la arquitectura pedrocheña". Según su informe, este baluarte defensivo fue construido a principios de 1939, meses antes del final de la guerra, bajo la dirección del ingeniero republicano José Pascual, que aprovechó tanto la mano de obra como los conocimientos constructivos de los albañiles de Los Pedroches. De hecho, "los materiales, granito y ladrillo, así como la construcción a partir de la bóveda de arista son rasgos muy característicos de la comarca", explica Mónica Alonso.

Todos los testimonios orales coinciden en que el refugio se excavó y luego se usó la misma tierra que se sacó para protegerlo. Además, en la plaza de España se colocaban cerros de paja para amortiguar el impacto de las bombas. Estos testimonios, recogidos de unos jarotes que hoy son octogenarios, recuerdan como "los burros acarreaban desde los alrededores piedras, tierra y ladrillos" y como la mano de obra no sólo estaba compuesta de soldados y hombres del pueblo, sino también de mujeres y niños, "que se encargaban del transporte de material".

Este abundante número de trabajadores y la coordinación de los albañiles con todo un ingeniero como José Pascual explican algo que todavía hoy sorprende a quien visita el refugio: "¿cómo es posible que lo hicieran tan rápido y tan bien?". Esta pregunta se la hace de forma constante Francisco Bejarano, encargado de la Cooperativa de Construcción de Villanueva de Córdoba para las obras de adaptación del refugio. Bejarano ha dirigido unos trabajos que apenas han costado 127.000 euros (subvencionados a cargo de los Planes Provinciales) y que se han centrado en acabar con las eternas inundaciones del refugio. En 1983, siendo alcalde Francisco Tebas, ya se intentó recuperar este tesoro oculto en el subsuelo de la plaza de España, pero el agua de lluvia no paraba de filtrarse y de inundar la zona como si de una cisterna romana se tratase, por lo que se abandonó la idea. Cuando hace apenas un año el Ayuntamiento lo reabrió con la intención de adaptarlo de una vez por todas, el agua tenía una altura de 60 centímetros. Hoy, se ha colocado una bomba y se conduce toda el agua hacia un desagüe que se ha construido por debajo del nivel del suelo del refugio. Problema resuelto.

Fue esa mano de obra tan numerosa -durante la Guerra Civil, Villanueva duplicó su población, al acoger a miles de soldados y refugiados, según explica el historiador Francisco Moreno Gómez- la que configuró un refugio con tres accesos principales desde diferentes lados de la plaza. La entrada principal se situaba al pie de la portada principal de la iglesia de San Miguel, convertida durante la contienda en un almacén de abastos. La parroquia conservó las campanas, que servían de alarma cuando se avistaban aviones. Esta entrada -conocida durante años por los jarotes como la boca del metro- posee una escalinata de granito que conduce a un pequeño pasadizo que a su vez desemboca en la gran sala abovedada, que sorprende al visitante por sus dimensiones (20 por 12 metros). Junto a esta entrada, el Ayuntamiento construyó unos servicios públicos a principios de los 80, que ahora van a volver a ser recuperados.

Según describe Mónica Alonso, otra entrada se disponía en la fachada del Ayuntamiento y la última junto a la pretoría de la iglesia. Hoy, en sus bocas se han instalado dos respiraderos. Estas dos últimas entradas descienden hasta el refugio a través de una galería realizada con bóveda de cañón en ladrillo que se apoya en una mampostería de granito. El túnel de la pretoría de la iglesia surca los cimientos del templo a través de unos 70 metros, una longitud impresionante e inquietante. Estas dos entradas están construidas en zigzag, para evitar que la onda expansiva de las bombas llegaran al interior del refugio.

Sin embargo, y por suerte, el refugio se usó poco. Durante toda la Guerra Civil, Villanueva de Córdoba sufrió entre seis y siete bombardeos, según explica Francisco Moreno Gómez, autor de La Guerra Civil en Córdoba y jarote de nacimiento. Además, estos ataques aéreos tampoco fueron demasiado destructivos, aunque muchos causaron muertes, como la de un matrimonio al que sorprendió un bombardeo fuera del refugio, y anécdotas como las de una pila en la calle de Las Navas, que voló hasta los tejados de una casa. "Los bombardeos en Villanueva fueron más intimidatorios que otra cosa" y no tan cruentos como los que sufrieron El Viso, Bujalance, Cabra o la propia Córdoba capital en distintas ocasiones. Y todo a pesar de que Villanueva fue desde la Navidad de 1936 la capital de la zona republicana de Córdoba. En el municipio jarote se refugió el Gobierno Civil, la sede de la Diputación en el convento de Cristo Rey y hasta la sede provincial del PCE en la mansión de Antonio Herrera. Aparte, casi todas las grandes casas señoriales estaban atestadas de soldados de las brigadas mixtas, de la 63ª División de las Brigadas Internacionales, de la 14ª Sección andaluza del Cuerpo de Guerrilleros y del hospital de sangre (ubicado en el hospital Jesús Nazareno) del 8º Cuerpo de Ejército de la República. Todos, soldados, heridos, jarotes y asilados políticos (sobre todo de la comarca de la Vega del Guadalquivir) se protegían de las bombas entre las columnatas del refugio de Villanueva de Córdoba.

Ahora, ha sido una alcaldesa del PP la que ha apostado por recuperar una huella de "nuestro pasado", pero no "para dividir y enfrentar una vez más", sino para "recordar lo que sufrieron nuestros padres y abuelos", explica Dolores Sánchez, mientras sube y baja túneles en los que a partir de enero ya no se escucharán gritos y llantos.

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