De aceituneras y manijeros

  • Un espectáculo revive la vida en los cortijos olivareros de Sierra Morena

Pozoblanco revivió ayer de nuevo los tiempos de la recogida de la aceituna tal y como se hacía mucho antes de que se hablara de convenios del campo, de vibradoras mecánicas o de tractores de cadenas. Quienes acudieron a esta representación, titulada Madre, yo quiero ser de una faneguería y compuesta por diez números de teatro, danza y música que tuvo lugar en el Teatro El Silo, recordaron cómo se vivía en la sierra entre fríos, recuas de mulas y portes de aceituna.

Y es que a mediados del siglo XIX, tras los procesos desamortizadores, miles de fanegas de tierra de las sierras del sur de Los Pedroches se desmontaron y fueron sembradas de olivos. El ingente trabajo que supuso la retirada del fragoso matorral mediterráneo dio paso a la recogida de la aceituna, una labor tan ardua como la del desbroce del monte que generó toda una cultura a su alrededor. Este reducto olivarero de Sierra Morena, enclavado en los actuales términos de Pozoblanco, Obejo, Alcaracejos, Añora, Villanueva de Córdoba y Adamuz, albergaba cada invierno a cientos de personas que ingresaban en las faneguerías, las cuadrillas de trabajadores y trabajadoras de la época que trabajaban de sol a sol en dura pugna con la escarcha, la nieve, la lluvia y las pronunciadas pendientes.

Los números en los participan cerca de 50 personas tienen música de Luis Lepe, coreografías dirigidas por María Luisa Sánchez y representaciones teatrales ideadas y puestas en escena por Miguel Ángel Cabrera. Juan Bosco Castilla es el autor del libreto y entre los participantes se encuentran los componentes de Aliara y del grupo Jara. También participa el cantaor flamenco Antonio García, que interpreta varias jotas de la tierra, que ofrecen una curiosa mezcla del folclore andaluz con el extremeño y el manchego. Porque la sierra se convertía en punto de referencia para muchos y algunos traían sus coplas desde Ciudad Real o Badajoz y las bajaban hasta Córdoba, de ahí que la mezcla entre influencias haya conformado unos cantes y unos bailes únicos, que merece la pena conservar. Tampoco faltan en la representación juegos, ni alusión a las fatigas que se pasaban cada mañana al salir al tajo -"Manijero, manijero, no nos saque tan temprano, que está la escarcha en el suelo y la nieve en el tejado"- y se refleja el cortijo de los zolejas, como se denomina en la zona a los pequeños propietarios de fincas, la tradicional molina, a la vez que se recuerda a los arrieros y sus cantes por las veredas. Tampoco faltan alusiones a la Navidad. Se muestra una cultura que ha resurgido en El Silo con gentes del siglo XXI.

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