Esperanza para días desesperados

  • Las instalaciones de la Cruz Roja baenense se pueblan estos días de decenas de inmigrantes que sólo pueden pernoctar siete días en el centro y que aguardan a las puertas infructuosamente la oportunidad de trabajar en la campaña olivarera

Las instalaciones de Cruz Roja en Baena viven estos días el overbooking de inmigrantes al que ya está acostumbrada en tiempos de la campaña de la aceituna aunque algo agravado por una falta de trabajo que se llega a traducir en una sobredosis de desesperanza y victimismo para el extranjero. "Es normal que en esta época tengamos un gran número de inmigrantes a las puertas de nuestro centro a la espera de que alguien venga a contratarlos; pero puedo decir que este año no hay muchos más que otros", relata el vicepresidente de la agrupación local, Juan Manuel León de Toro. Aunque a él no le gusta decir que es época de desbordamiento -más bien rechaza el término-, María de los Ángeles Cortés apenas descansa de recoger solicitudes de pernoctaciones, demanda de ropa o de aseo e incluso peticiones para guardar el equipaje con el que magrebíes, rumanos o subsaharianos llegan a Baena a la búsqueda de su particular pellizco de El Dorado. "Mari Ángeles es nuestra trabajadora social, el verdadero corazón de esta casa; la que nos coordina y distribuye las tareas", resalta el vicepresidente de un colectivo que cuenta con 97 voluntarios, "de los que una veintena están dedicados al programa de inmigrantes", sostiene.

Las 24 horas en el centro están cubiertas por cinco celadores. "Las instalaciones están abiertas todo el día y todo el año ofertando 28 plazas para dormir, que se pueden ocupar durante un máximo de siete días al igual que el comedor", apunta León de Toro, quien no olvida reseñar que "servimos diariamente 60 comidas y 60 cenas durante el tiempo de campaña, además de bocadillos para todo el que lo solicita".

El ritual para optar a alojamiento, a dejar el equipaje o a cualquier otro tipo de servicio es bien sencillo. "El inmigrante coge la vez y cuando le toca su número le llamamos por móvil, ya que casi todos lo tienen; se acerca hasta las oficinas y rellena su solicitud", detalla Mari Ángeles. Al inmigrante, se le atiende de manera individualizada, "se le hace una ficha social que recoge todos sus datos personales, su situación y expectativas y se le informa de los recursos que puede demandar. Evitamos con ello duplicar los servicios a las mismas personas", añade la trabajadora social.

Pero los siete días de cama pasan y el otrora trabajador con el perfil preferido por los olivareros ve como las consecuencias de la crisis lo condenan a dormir en los alrededores de la Cruz Roja, cualquier rincón de Baena o en una iglesia evangélica a la que sus responsables le han abierto las puertas para combatir el frío y la desesperanza del desempleo. No obstante, desde muy temprano se vuelven a citar en decenas a las puertas de las instalaciones de Cruz Roja, "donde se les ofrece ropa de abrigo, mantas, sacos de dormir, alimentación y asesoramiento; además de duchas, un kit de aseo personal y hasta se les lleva al médico si lo necesitan o se les gestiona la tarjeta sanitaria", recuerda el vicepresidente de la agrupación local de la organización no gubernamental (ONG).

Algunos de los inmigrantes intentan matar la espera desesperada de ese trabajo que se les resiste en el salón comedor convertido por unas horas en sala de proyección de la televisión o en zona recreativa donde echar una partida de damas con las piezas de un puzzle o un ajedrez. Mientras, otros lavan algo de ropa y la cuelgan sobre una verja para que se seque. Esas esperas son ya de un mes para el marroquí Mohamed Bachir; de 11 días para los senegaleses Mamadú Ba y Ndiaye Mbolle; de 20 días para los amigos marroquíes Radoune Fahmi y Mohamed El Saime; de varias semanas para el también marroquí Mohamed Baba...

La problemática de muchos de ellos la conoce al detalle Alexandre Djeumo, un camerunés que trabaja como mediador sociolaboral desde hace un par de años en la Cruz Roja baenense. Alexandre no fue testigo de cómo en los primeros tiempos del centro -abrió en octubre de 2005- la ocupación fue, sobre todo, de inmigrantes de los países del Este, pero sí lo fue de que esa tendencia cambió hasta la actual de "un 50% entre subsaharianos, magrebíes y europeos, después de una época en la que esa mayoría era de magrebíes", insiste Juan Manuel León de Toro.

El vicepresidente de la agrupación local de la ONG asevera que los vecinos de Baena saben que el personal inmigrante es mano de obra indispensable en la campaña aceitunera, "lo que ocurre este año es que creo que el contingente que han traído las organizaciones agrarias es el que ha contribuido un poco a esta situación que se vive". Y hace especial hincapié en que, a pesar de que "a veces ha habido pequeños roces a la hora de comer, como suele ocurrir en cualquier convivencia, no hemos tenido que lamentar incidencias reseñables en el centro durante la presente campaña". [En ese mismo momento, un niño rumano entra en la oficina y le muestra una y otra vez un móvil que le han comprado]. "Sus padres acaban de tener otro hijo y vienen felices a contárnoslo. Son esas pequeñas historias humanas que hacen que este trabajo nos resulte muy satisfactorio, ya que nos llegan a considerar como de su familia", sostiene.

León de Toro invita a la emoción al hablar de las huellas que acaba dejando el paso de algún que otro inmigrante por el centro. "Somos partícipes de sus alegrías y de sus penas y, en mi caso particular, recibo más que doy; aunque también somos conscientes de que siempre habrá descontentos", apostilla. Como manda la propia ley de la naturaleza humana, tres años han dado para ser partícipe de lo bueno y de lo malo. "Hemos vivido historias muy tristes como la de un chico que enfermó de síndrome de Ulises y perdió el control de sí mismo, por lo que tuvimos que ingresarlo y repatriarlo. Pero, sobre todo, hemos sido testigos de vivencias personales de éxito como la de mi amigo senegalés Seku, que pasó por Baena en 2004 y que ahora, aparte de tener tres mujeres y más de una docena de hijos, trabaja en una ganadería en Lérida. Con él, como con otros muchos, seguimos en contacto", añade.

También participan en primera persona como actores secundarios del paso por España de muchos de los inmigrantes que llegan a las costas de Canarias abandonados a suerte a bordo de una superpoblada patera, ya que es uno de los centros de España a los que son derivados antes de la repatriación. "En el periodo 2005-2006 apenas nos daba tiempo a agotar los 15 días que pueden estar en nuestras instalaciones cuando ya había otro grupo esperando. Este año habrán podido pasar unas 200 personas en esa situación", puntualiza. "Esas llegadas son verdaderos dramas humanos que intentamos suavizar volcándonos con ellos", añade.

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