Ayer, 24 de enero, un compañero dejó un mensaje de felicitación colgado en mi muro de Facebook, un mensaje en el que había etiquetado a muchos otros compañeros también. Antonio J. Roldán nos recordaba en esa misiva que los periodistas celebramos cada 24 de enero la festividad de nuestro "santo patrón", San Francisco de Sales. "Por tanto, felicito a mis compañeros de profesión. Trabajo duro el que nos ocupa, cargado de responsabilidad y más sinsabores de los que nos gustaría. Un oficio nada reconocido, incluso en muchas ocasiones mirado con lupas malintencionadas y sometido a indecorosas presiones", defendía Antonio. "Pero aún así, nuestra vocación nos lleva a continuar en el servicio constante a una sociedad que precisa, cada día más, de información veraz, relevante, objetiva, plural y PROFESIONAL. Lo dicho, felicidades a los que tenemos el inmenso orgullo de ser y sentirnos periodistas", concluía.

Suscribo al cien por cien las palabras de Antonio en un momento en el que corren malos tiempos para la lírica de la crónica, el reportaje y el artículo de opinión, en un tiempo en el que la profesión sufre su propio apocalipsis al más puro estilo The Walking Dead alimentado por el virus de una revolución digital que hace replantearse a las empresas el modelo de negocio a seguir. Todo ello cuando vivimos una etapa en la que cualquiera se cree periodista por el hecho de escribir en un blog o por ser asiduo protagonista de publicaciones en las redes sociales. Es como si, salvando las distancias, un curandero se considera a la altura profesional de un cirujano.

Suscribo además las palabras del compañero Antonio al cien por cien porque el profesional que abraza ciegamente esa máxima de George Orwell que reza que "periodismo es publicar algo que alguien no quieres que publiques, y todo lo demás son relaciones públicas" acaba siendo tan políticamente incorrecto que por hacer su trabajo como lo tiene que hacer -con la verdad por delante- sufre injustas estigmatizaciones. Eso tan manido del estás conmigo o estás contra mí sigue plenamente de actualidad. Por ejemplo, en el día a día que el periodista vive con algún que otro político o política de turno que no entiende que no eres su relaciones públicas y que, quizás por estar mal asesorad@ o quizás porque no da más de sí -que todo el mundo tiene un límite-, te acaba viendo como un peligroso enemigo entre comillas por las noticias u opiniones que publicas y que no son de su agrado, aunque, insisto, cuentes verdades como puños. Y también suscribo al cien por cien las palabras del compañero Antonio porque a veces no está nada reconocida la labor social que ejerce el periodismo, denunciando cosas que a veces incluso suponen para el profesional una especie de bautizo de sangre bajo amenazas. Compañeros, felicidades y ¡que viva el periodismo!

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