Eduardo lo ha perdido todo, hasta su nombre. Por las noches se le ve por la ciudad como un zombi buscando un lugar en el que reposar sus huesos después de jornadas y jornadas bañadas en alcohol barato con el que matar su existencia. Tras un par de años desafiando a la maldita parca, sus neuronas empiezan ya a flaquear hasta tal punto que apenas recuerda, o no quiere recordar, que no hace mucho tenía un empleo con el que mantenía un hogar en el que sólo trabajaba él. Nunca pensó que la ruleta rusa de la crisis acabaría poco a poco por destrozar a su familia, condenándolo a un suicidio lento. Perdió ese empleo y a sus cuarenta y muchos nadie dio ya ni un duro por él a la hora de facilitarle otro empleo. Lo intentó, vaya que si lo intentó, pero esa condena que poco a poco iba menguando la capacidad económica de su familia hizo bueno el dicho de que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Empezó a llegar a casa borracho una noche sí y a la otra también hasta que su mujer se hartó. Desde entonces sólo cree en la vida cuando alguna noche que otra revive en sueños aquellos momentos no tan lejanos en los que sentía el amor de sus hijos, unos hijos a los que ya no ve porque él no quiere que contemplen cómo es ahora su vida.

María, como Eduardo, jamás pensó que su clase media se iba a ver truncada, decía que eso no le podía pasar a ella, pero también acabó sucumbiendo ante ese virus del que los que nos gobiernan aseguran que ya somos casi inmunes -quizás porque ellos nunca lo han sentido ni tan siquiera soplándole detrás de las orejas-, ese virus que hace que un sólo euro se convierta ahora para ella en un dineral. María también perdió su empleo y su vida experimentó la Ley de Murphy elevada a la enésima potencia hasta el punto de que fue desahuciada, y su mente empieza ya a no resistir tanta presión; se rebela dando síntomas de demencia.

Eduardo y María coinciden muchos días en un comedor social y pasan la noche en un cajero automático. Forman parte de esas más de 200 personas anónimas que cada día duermen en la calle, de esos otros santos inocentes a los que la sociedad tiene estigmatizados y para los que un gesto de caridad es como si les invitaran a pasar unos minutos en el paraíso. Por eso, ahora que se conmemora -el 28 de noviembre- el Día Mundial de las Personas sin Hogar, no tengo nada más que quitarme el sombrero ante colectivos como Cruz Roja, Cáritas y esos otros que no son tan conocidos, colectivos que desinteresadamente le hacen algo más fácil la ya de por sí muy difícil vida a personas que como Eduardo y María han perdido todo, hasta su nombre, y hasta los recuerdos de aquellos tiempos en los que sus existencias eran muy parecidas a la tuya y a la mía. Va por ellos.

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