Córdoba y buena parte de su provincia lucen esplendorosas estos días vestidas de Patios, de esos recintos que son muchísimo más que una mezcla perfecta de flores y arquitectura. Son infinitamente más. Los Patios tienen alma, cada uno la suya, el ama de los seres humanos que los habitan, cada uno distinto, cada uno único, cada uno especial. Ir de Patios debe ser mucho más que ir a ver un recinto ornamentado de una u otra forma. Ir de Patios debe ser una experiencia en la que hallar ese alma que tiene cada uno. Y no lo digo en lenguaje místico. Ese alma es fácil de encontrar y cada una tiene su historia, una historia para ser contada por boca de sus propietarios y cuidadores, siempre dispuestos a ejercer de cicerones de quienes se lo requieran en las visitas.

Conozco muchas de esas historias tan distintas unas de las otras, pero cada Fiesta de los Patios vuelvo a recordar la mía propia, mi historia, que es la de mi familia. Yo crecí en un patio, el del número 26 de la casa de la calle Corredera de Belalcázar -casa en la que nací-, el patio de la abuela Paula, donde tres famílias de la misma estirpe, la de los Pacencia, como se la conoce en mi pueblo, compartíamos todo. En ese patio se vivía de forma común, había mucha vida en el más amplio sentido del término, una forma de entender las relaciones humanas por la que la Unesco hace ahora algo más de cinco años declaró a los Patios Cordobeses como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. En Corredera, 26 se respiraba entonces ese espíritu al cien por cien. Buceo entre aquellos recuerdos y me viene a la memoria aquel viejo almendro que había plantado mi abuelo Francisco, que presidía el patio y al que mi hermana, Rosario, mis primos Luis y Quetete y yo les íbamos arrancando las almendras a escondidas intentando que no nos viera la abuela Paula. Tampoco olvido aquella hilera de pilistras que tanto mi abuela, como mi tía Pepa, mi entonces jovencísima tía Ana y mi madre, María, alimentaban con el agua sacada del pozo del corral de la casa, un agua que también alimentaba a los animales que allí tenía mi tío Paco y su mujer -mi tía Pepa-. Macetas de pilistras que los niños que allí vivíamos les ayudábamos a los adultos a colocarlas en el pasillo de la casa cuando decidían que en aquel lugar estaban mejor que junto a los geranios y las gitanillas que no se movían del patio. Esa convivencia, no siempre de color de rosa, como desde antiguo solía ser la de las casas-patio, me llevó a descubrir que son escenarios emocionales de quienes los habitan, y que como la vida misma, son importantes lugares de encuentros y desencuentros. Esa es su alma. Y es que, Corredera, 26, como todos los que se pueden visitar en Córdoba, era mucho más que un patio, era una forma de vida.

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