El insurrecto

El mal de Desdémona

AYER fui al bulevar con mi mujer y mi hijo. Aparqué como pude por las calles del centro. Desde lejos se veía el mar de luces que inunda el cielo, las retinas, las lenguas y los mensajes de móvil. Al pasar por Gaudí, una anciana extendió una manta en la acera, entre el portal y el tenderete rojo que protege del frío a los clientes. Dejó un cesto sobre una maleta, se atusó el pelo blanco y se quitó las botas antes de esconder su cuerpo diminuto entre las mantas. Todo menos la cabeza. Como una crisálida equivocada buscando una segunda oportunidad para convertirse en mariposa. Enfrente, una manada de autistas. Yo incluido. Que la veíamos sin verla. Tomando café. Y quejándonos de la sal de frutas y de la talla del pantalón.

Otelo es la tragedia de las apariencias. Un manual imprescindible para todo aquel que opte por la carrera política. Dentro de un partido, claro. Llámese partido a esa banda electoral que llama causas a sus intereses coincidentes. Que ansían el poder como los buitres la carroña. Y que para conseguirlo te hacen creer que la verdad no existe aunque la estés pisando. Hace tres semanas estuvimos en un hospital público para la revisión periódica de un embarazo. Después de esperar dos horas y perder una jornada de trabajo, el médico salió para decirnos que el ecógrafo estaba roto. Nos invitó a esperar un posible recambio. Algunas madres decidieron quedarse. Nosotros solicitamos una segunda cita para la semana siguiente. Llegamos a primera hora. Sobre las once volvió a salir el médico para decirnos que el ecógrafo que habían traído era de segunda mano, que solía calentarse a la media hora como un televisor de los de antes, pero que esta vez no merecía la pena esperar, que nos recomendaba presentar una hoja de reclamaciones. En casa tuve que soportar un par de noticias insufribles sobre la innovación médica en Andalucía. Trasplantes y cosas así. Pero la verdad es que treinta madres de un pueblo llevaban casi un mes sin saber nada sobre el estado de salud de sus futuros hijos. Ésa es la verdad que no sale en la televisión y que por no salir termina siendo mentira.

Desdémona, para justificar la ira repentina de Otelo, dice que "a veces el espíritu de los hombres se irrita por esas cosas pequeñas, aunque sólo las grandes le preocupen". La dinámica social contemporánea ha vuelto del revés el mal de Desdémona. Los hombres se irritan por las cosas grandes porque no existen las pequeñas. Y hablan de la ignominiosa muerte de Benazir Bhutto y olvidan que nuestros políticos sacaron de paseo por Córdoba al dictador pakistaní que la desterró. Los mismos políticos que coleccionan pegatinas de la alianza de civilizaciones y después rechazan la visita de Gadafi. ¿A quién importa la verdad de las pequeñas cosas si la inmensa mayoría disfruta de la felicidad sostenible del Estado del bienestar? A nadie le interesa indagar más allá de la verdad oficial. Y por eso no duele que la pobreza duerma frente a un desfile de visones comiendo dulces bajo el cielo iluminado de la Córdoba navideña.

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