Tribuna

Grupo Tomás Moro

El ser español

LA selección española de fútbol acaba de enmendarle la plana a los políticos y gobernantes de toda guisa, al demostrar cómo un conjunto de jugadores de todas las procedencias hispanas (con predominio de catalanes), se han erigido en campeones de Europa y, a lo largo del camino recorrido para ello, no han disimulado su condición de españoles, enarbolando nuestra bandera constitucional con orgullo, a salvo de uno, que ha optado en la final por la andaluza y por una camiseta con la foto del infortunado Antonio Puerta, en justo homenaje a este compañero (lo que no deja de ser, en cuanto a lo de usar la bandera andaluza, una ligera e ineducada falta de tacto, por la que en su momento quizás sea hasta recompensado con una medalla de plata de Andalucía -la de oro quién sabe si no se la darían si hubiera llevado la foto de nuestro eterno presidente de la Junta de Andalucía, el Fraga andaluz.

En esta contienda futbolística se han batido todos los tópicos habidos y por haber de nuestro singular folclore (identificado sobre todo con Andalucía, que para eso está quedando), hasta llegar al paroxismo del porompompón en versión original del inefable Manolo Escobar, al Que viva España y al Soy español (poco ha faltado para que asumieran incluso el "soy cordobés, de la tierra de Julio Romero"). No se ha quedado nada en el tintero y, dicho sea de verdad, a buena hora, porque ya era necesario que algo así ocurriera: que hubiera una popular exaltación de nuestros signos de identidad, al margen de las banderías autonómicas.

La selección española, integrada por catalanes, vascos, asturianos, madrileños, andaluces y otros, ha conseguido con su esfuerzo que toda España reviva su ser español, que los ciudadanos de este país, aparte de cuatro esnobs o cantamañanas que tienen que hacerse notar para poder subsistir, se hayan unido al son de este sentimiento de españolidad. Las pugnas partidistas, incluso en el seno del propio fútbol, se han diluido en el abrazo en común, en la alegría compartida.

El pueblo, siempre sabio, ha dado ejemplo sobre todo a la clase política, más preocupada en seguir viviendo opíparamente en esas torres de marfil que se están construyendo a costa del propio pueblo al que dicen representar y servir. Los políticos, por una vez (y no excluimos a nadie) han quedado ridiculizados y desbordados por los ciudadanos. Ridiculizados, porque los españoles "han pasado" de las permanentes y estériles discusiones en las que se entretienen los anteriores sobre la soberanía autonómica de las distintas tierras de España. Los ciudadanos han dicho que sobran tantas discusiones, referéndums, Estatutos de Autonomía y autodeterminaciones; que los políticos dediquen su tiempo de trabajo -más bien escaso- a otros menesteres más necesarios, como salvar al país de la crisis en la que está sumido, tanto económica como educacional y de valores. El pueblo español ha hecho un legítimo y contundente referéndum para declararse español por encima de cualquier otra cosa o aventura política.

De ahí viene el desbordamiento de la clase política, siempre descolocada en cuanto a las reales necesidades de los españoles, al estar más preocupada, como se ha expuesto, en mantener y aumentar hipócritamente sus privilegios, con no poco cinismo cuando hablan de congelar las altas retribuciones que perciben (ya las quisiera cualquier trabajador, cuyo salario pierde poder adquisitivo a velocidad de vértigo). A remolque de los ciudadanos y como siempre fuera ya de lugar, ahora también se arropan con la enseña nacional y vociferan los valores patrios, esos mismos símbolos que han postergado o, en muchos casos, han puesto en peligro con las ocurrencias separatistas.

El pueblo español ha demostrado que su ser está en la cordura, en la unión de todos para un fin común, y se ha tenido que refugiar en un campeonato de fútbol (como en otras ocasiones, aunque con menor intensidad, lo ha hecho con otros deportes: automovilismo, ciclismo, baloncesto, etc.), es decir, ha dejado aflorar sus sentimientos españolistas en un campo propicio a la convivencia sana y no políticamente escorada o crispada, dedicada por culpa de los políticos a machacar nuestro lenguaje, nuestras señas de identidad, nuestros principios y todas las aportaciones que a lo largo de la Historia ha hecho España a la civilización.

Los españoles, que lo son todos -antes, ahora y después- han colocado a la clase política en su lugar: en la vergüenza pública. Esperemos que cuando regresen de sus vacaciones (que duran más que las de los maestros, como se ha dicho siempre) se den cuenta de hacia dónde han de dirigir sus trabajos y se dejen de desencuentros inconstitucionales y de políticas legislativas vacuas de sentido o ancladas en la perversión.

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