Este año en el se acaba de cumplir el 20 aniversario de la criminal ejecución de Miguel Ángel Blanco a manos de la banda terrorista ETA, también se han cumplido, en este caso, 40 años de otra barbarie asesina, la perpetrada por un comando ultraderechista en un despacho de abogados laboralistas de Comisiones Obreras en pleno centro de Madrid, un suceso que es conocido como La Matanza de Atocha. El 24 de enero de 1977 ese comando criminal bañó con la sangre inocente de los abogados laboralistas Enrique Valdelvira Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz y Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco; el estudiante de derecho Serafín Holgado; y el administrativo Ángel Rodríguez Leal una Transición iniciada tras la muerte del dictador Francisco Franco en la que el miedo a los reductos del Régimen y las ganas de libertad continuaban siendo latentes en la sociedad española. Esa matanza pudo haber sido aún peor porque en el ataque además resultaron gravemente heridos Miguel Sarabia Gil, Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, Luis Ramos Pardo y Dolores González Ruiz -casada con Sauquillo-. Mientras que una de las abogadas del bufete, Manuela Carmena -que entonces estaba embarazada y que desde 2015 es la alcaldesa de Madrid-, pudo evitar el atentado porque Luis Javier Benavides le había pedido usar su despacho para una reunión. Afortunadamente, lo que pretendían los asesinos ultraderechistas y sus inductores no llegaron a lograrlo, porque la Matanza de Atocha es quizás el clímax o el momento más grave de los distintos sucesos violentos que estaban sucediéndose con el objetivo de poner en peligro el cambio político y social en el país.

Si el asesinato de Miguel Ángel Blanco unió a los españoles contra la banda asesina que acabó con su vida y supuso un punto de inflexión en todo lo que tenía que ver con el terrorismo etarra hasta ser el principio del fin de esa organización mafiosa, La Matanza de Atocha espantó ese miedo que en la sociedad española de la entonces Transición había hacia los reductos del Régimen. Tanto miedo que incluso el entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, le pidió a un PCE -que aún no estaba legalizado- que el entierro de las cinco personas ejecutadas por el comando ultraderechista fuera lo más modesto posible para evitar altercados. Como Miguel Ángel Blanco, esas cinco víctimas se convirtieron en mártires; en este caso, que aceleraron esa Transición hacia la Democracia. A ellos también los españoles les debemos haber podido dejar atrás repugnantes fantasmas.

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