Editorial

La autoridad de los profesores

UN juzgado de lo Penal de Málaga ha condenado a un año de cárcel a un individuo que agredió al profesor de su hijo en el transcurso de la fiesta de fin de curso en un colegio público de Mijas. Aunque sentencias semejantes se han producido ya en otros tribunales españoles, la comunidad educativa andaluza ha visto en ésta concretamente el principio de un cambio, muy esperado, en el tratamiento de las agresiones a docentes en el ejercicio de su función. Se trata de un problema grave, creciente, ante el que la Consejería de Educación, en toda la etapa anterior, ha tratado de minimizar, argumentando la escasa cantidad de actos de este tipo en relación con el total de centros y alumnos que acoge el sistema educativo andaluz. Precisamente la nueva consejera de Educación, Teresa Jiménez, ha acogido favorablemente la sentencia que, a su juicio, que suscribimos, permite "la dignificación del trabajo docente y no deja ningún resquicio que justifique la agresión". La sentencia malagueña, en realidad, refleja las instrucciones de la Fiscalía de que en estos casos de violencia los funcionarios de Educación, como los de Sanidad, tengan consideración de autoridad pública, como se hace con los agentes policiales, y las agresiones en su contra reciban, por tanto, tratamiento de atentado a la autoridad. Esto es lo que ha permitido condenar al agresor, un hombre de 35 años con antecedentes -es decir, que habrá de cumplir la sentencia en la cárcel-, a un año de prisión, el mínimo contemplado en la ley para quien atente contra la autoridad. Es, pues, una sentencia justa, que debe abrir un camino en todo el sistema educativo andaluz sobre la base inequívoca de que los enseñantes, mientras enseñan, están desarrollando la autoridad profesional y moral que el Estado les concede para el mejor ejercicio de su alta misión pedagógica. Con la violencia entre escolares, contra alumnos o contra profesores no caben disculpas ni tolerancias falsamente progresistas. Hay que atajarla de raíz, por el bien de todos. No existe enseñanza merecedora de este nombre sin reconocimiento expreso de la dignidad del profesorado.

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