Editorial

Treinta años después

ESPAÑA celebró ayer un nuevo aniversario de su Constitución. Un aniversario especial: hace exactamente treinta años del día en que los españoles fueron llamados a referéndum nacional para ratificar la Carta Magna elaborada por las primeras Cortes Generales elegidas democráticamente desde la Guerra Civil. Los españoles la aprobaron y a su cobijo ha vivido España la etapa más fructífera de su historia, tanto desde el punto de vista de las libertades como desde el punto de vista del desarrollo económico y el progreso social. El éxito de la Constitución ha sido espectacular.

Gran parte de ese éxito se debe a la grandeza de los constituyentes, conscientes de la crucial coyuntura histórica nacida tras la muerte de Franco, que supieron encarnar el espíritu de reconciliación nacional y perdón imprescindible para superar el régimen franquista y aceptaron renunciar a sus posiciones de partida para alcanzar un consenso sobre los fundamentos de la monarquía parlamentaria y un sistema de convivencia en el que debían caber todas las opciones democráticas. Aquellos políticos supieron, bajo la inspiración del rey don Juan Carlos, estar a la altura de las circunstancias.

La Constitución de 1978, la más duradera de la que hemos disfrutado en la convulsa historia contemporánea de España, dio respuestas adecuadas a problemas enquistados en la sociedad y que están en el origen de anteriores enfrentamientos cainitas: la forma de Estado, el conflicto territorial, la cuestión religiosa y las relaciones entre el poder civil y los ejércitos. Todos ellos fueron encauzados en el texto constitucional con moderación y visión de futuro, sin que hayan vuelto a poner en cuestión, como en el pasado, los pilares de la convivencia. La madurez del pueblo español, anhelante de concordia y libertad, hizo el resto para que hayamos disfrutado del periodo de mayor bienestar y libertad que se recuerda, así como de la definitiva incorporación de España como nación democrática al concierto internacional.

Por lo demás, la Constitución, que ya tiene treinta años, recoge en su seno los mecanismos precisos para proceder a su propia reforma, si se considera necesaria su adaptación a los nuevos tiempos, sin abandonar su gran valor de haber sido producto de un amplio consenso nacional. Es importante preservar este valor en el futuro.

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