Fútbol El Córdoba B cae frente al San Fernando CD (0-3)

UN año después de la llegada del hombre a la Luna, la NASA encargó al químico y escritor James Lovelock el proyecto para conquistar Marte. El objetivo: humillar a los rusos en la carrera espacial al planeta rojo. Precisamente rojo. Lo que más sorprendió al científico británico fue lo más evidente. No hay vida en Marte. No hay vida en lo rojo. No hay vida en el planeta más cercano y parecido a la Tierra.

Para explicar la muerte de un planeta sin seres humanos, Lovelock se preguntó por qué el nuestro sigue vivo a pesar de ellos. Y llegó a la siguiente conclusión: la Tierra es un sistema interactivo de organismos vivos que tienden por sí solos al equilibrio. Imaginen que sembramos la Tierra por mitad de margaritas negras y blancas. Las primeras absorben la luz y calientan la superficie. Las segundas, la reflejan y enfrían. A medida que disminuya la temperatura, crecerán las margaritas negras. Si su número aumentase demasiado, las margaritas blancas se reproducirían solas para alcanzar la homeostasis. Si todas las flores fueran blancas, el planeta se congelaría. Si todas negras, ardería en llamas. Lovelock comentó esta hipótesis a su amigo y Premio Nobel William Golding, quien la bautizó con el nombre de la diosa griega de la Tierra: Gaya.

La hipótesis Gaya también es aplicable a la política. Con un matiz: el equilibrio político no existe. Se llama uniformidad. Para explicarlo mejor les contaré la historia de un sembrado de rosas rojas y rosas naturales. Ocurrió en Córdoba. Las rosas rojas creyeron que aumentando el calor y la tensión terminarían tiñendo de carmesí el invernadero. Pero ocurrió justo al revés. Quedó una sola rosa roja. Y para salvarse decidió aceptar su anomalía y cambiar de color. En política, los mutantes camaleónicos se llaman tránsfugas. Para evitar que la acusaran injustamente de traición a sus votantes, la rosa roja se fue mezclando con el color blanco de la rosa más cercana. Despacio. Como si fueran dos rosas en una. De hecho casi cobran lo mismo. Luego se repartieron sus funciones. La rosa blanca anuncia los derribos urbanísticos aunque la concejalía no le corresponda. La rosa roja, cada vez más rosa, continúa exhibiéndose intacta. Votaron juntos en contra de unas elecciones propias para Andalucía. La rosa roja llevó la contraria a todas las especies rojas de su partido. Ha confesado que votó por una rosa para el Senado. Y el viernes, en un paso más en esta estrategia de mimetismo rosáceo, el jefe de las rosas le ofreció ser la rosa más rosa de su gobierno autonómico. Y ella dijo que no. Por ahora.

El Palacio del Sur no se hará. Y la culpa la tendrá cualquiera menos la rosa roja. Para salvarle los colores, las otras rosas inaugurarán antes de 2012 un Centro de Arte Contemporáneo, un aeropuerto y un coqueto Palacio de Congresos. Y se apuntarán en solitario los tantos en la carrera por la alcaldía de la Córdoba amnésica. Porque las rosas saben que la rosa roja dejará de ser roja y alcaldesa. Para salir de su crisálida convertida en la más rosa de las rosas defendiendo al pueblo.

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