La gloria de san agustín

Rafa y Curro

CON esto de las comidas de Navidad, que ya han empezado y de qué manera, siempre me acuerdo yo de lo que nos pasó en el barrio hace unos cuantos años. Y es que yo creo que eso le ha pasado a más gente, que es normal, que no es nada extraño, pero que tiene su cosa. En fin, que todos tenemos nuestro corazoncito, como decía aquel.

Por cierto, qué bien estuvo el otro día la copilla de nuestro Día, que lo pasamos la mar de bien y nos hartamos de reír, que a buena gente no hay quien nos gane. Y es que ese director, que yo le digo don Luis por mucho que todos se empeñen en llamarle Tuto, o ese gerente, o Rafa, o Laura o Jesús o ese pedazo de Domínguez, o el Asensi o Marisa o María o Félix o Mar, o Paco, son todos unos monstruos y da gloria estar con ellos, que se aprende un montón nada más tengas las orejas bien abiertas. Hay qué ver lo que saben de todo y lo bien que lo explican en el periódico, que me entero hasta yo, que eso ya es difícil. Pero a lo que iba, que me lío y me vuelvo loco. Ahora es tiempo de muchas comidas, de juntarse las familias, los amigos y los compañeros de trabajo y se organizan un montón de comidas, que la mayoría se saben como empiezan pero no cómo acaban ni a la hora que acaban. Pues hace unos años, como a principios de septiembre, unos cuantos de San Agustín compramos un pavo y un lechón para ir criándolos nosotros mismos para comérnoslos en la fiesta de Navidad que íbamos a hacer los amigos del barrio.

Ahora puedo decirlo, lo hicimos todo mal desde el principio, porque lo primero que hicimos fue ponerles nombres al pavo y al cochinillo. Rafa el pavo y Curro el cerdito. Y empezamos dándoles de comer, que se puede entender como normal, pero es que al tercer día ya estábamos jugando con los animales, que al cerdo nos lo llevábamos a dar una vuelta y todo, como si fuera un perro. Y los animalitos fueron creciendo y engordando, y al principio hacíamos hasta nuestros chistes, que si nos lo vamos a comer así, que si no van a caber en la olla, pero conforme iba pasando el tiempo nos íbamos callando, que veíamos a los bichos de otra manera. Pasó lo que tenía que pasar, que cuando llegó el día de matarlos ninguno se atrevió, que nos pusimos a mirarlos con cara de pena y no fuimos capaces ni de agarrar el cuchillo. Se los tuvimos que dar a un matarife para que hiciera el trabajo, sin que nosotros lo viéramos, pero ahí no quedó la cosa. Cuando llegó la fiesta, ni uno solo de los que estuvimos criando a Rafa y a Curro fuimos capaces de probarlos, que nos pasamos todo el día comiendo rábanos, aceitunas y patatas fritas.

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