Matilde Cabello

Pedro Tébar

QUE Córdoba es un filón de grandes escritores es algo que comienza a reconocerse más allá de nuestras lindes. Lo que no saben los forasteros y -mucho menos- quiénes andan por aquí, es el potencial que encierran los muchos autores que habitan en el silencio, tanto de los pequeños caudillos de la cultura local, como de los grandes premios que gestionan.

Son esos escritores que casi nunca salen en la foto, ni en los trípticos de los congresos oficiales; ni en las tertulias, las lecturas o las antologías de los grupúsculos y demás saraos. Bien porque están en otras cosas o, precisamente, en donde tienen que estar (léase en la creación), parecen no existir, al menos en el mundo del renombre.

Como un Guadiana en tiempo de sequía, sus creaciones aparecen tímidamente, de vez en cuando. Ponen ante nuestros ojos un relato corto, una novela e incluso un prólogo o una presentación (que también tienen su aquel) y nos aborda de nuevo la duda que estos tiempos van convirtiendo en certeza. Hablo de la tan manida "ni están todos los que son, ni son todos los que están".

Es el caso de Pedro Tébar, el último ganador del Premio de Narrativa Corta Generación del 27, con la Canción de la madre del agua, una obra por la que servidora pone ya la mano en el fuego, aún sin conocerla. Eso sí, con el precedente de Música en la almohada. El libro ajeno, quizá, a los gustos de la post modernidad de estos lares -para quiénes la literatura tradicional mezclada con memoria popular parece tener los efectos de un purgante que desatara sus más viscerales complejos provincianos- fue, sin embargo, publicado por Huerga y Fierro.

Era el primero de esta trilogía, marcada por el estilo personal de un autor en donde se conjugan los dos máximos valores de la literatura de todo género (fondo y forma) para desgranar paisajes y pasajes de una infancia, de una generación y unos tiempos, tan duros como las encinas del viejo Valle que la inspira. Evocaciones que el escritor tiene la maestría de dulcificar, sin disimular un solo desgarro, demostrando que la extrema sensibilidad no es patrimonio de un solo género.

Descubrir la narrativa de Pedro Tébar, es como encontrarse de bruces con el verdadero amor, después de múltiples ensayos. De modo que, al abrir las páginas de su Canción de la madre del agua, más de uno se preguntará, sin duda, dónde estaba hasta este día y cómo es posible que no lo hubiera hallado antes.

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