Reloj de sol

Joaquín Pérez Azaústre

Otoñoces

OTOÑOCESno es únicamente un título escogido, con acierto sonoro, para otro ciclo más de recitales de poesía. Se podría pensar que sí, sobre todo en estos tiempos culturales, en los que la cercanía y el reto de la Capitalidad, y su valor político como ese banderín de enganche para cualquier proyecto ciudadano, da otra dimensión a cualquier proyecto literario o artístico. Otoñeces, como asociación y movimiento, como colectivo y también como verdadero acontecimiento cultural, representa algo nuevo en la ciudad, algo que no se ha hecho hasta el momento y que es patrimonio de sus entusiastas miembros, representados por Ana Castro y Juanma Prieto: osamenta y tejido, piel y sombra de una criatura viva que pudiera servir de modelo creativo, y también gestor, de una nueva forma de entender la cultura ciudadana, con un cuidado, un mimo y una inteligencia, por su porosidad brillante, no tan frecuentes como pudiera parecer.

El modelo de los recitales de poesía parecía ya agotado: lecturas en bares y en tabernas, rutilantes, pequeños, con ese eco dorado de los medios, como los que organizara Matilde Cabello en Bodegas Guzmán, pero también los institucionales, que son lugar de encuentro en esas grandes salas, con las paredes blancas como paredes de hospital, y además los recitales musicados, y las adaptaciones musicadas de los poetas locales, en escenarios íntimos, con la luz apagada, y la voz apagada y la asistencia, también, dulcemente apagada en ocasiones, como el rito secreto de un descubrimiento compartido. Entonces aparecen estos chicos dispuestos a moverlo y a removerlo todo: pero no como ruptura con todo lo anterior, que por otra parte es lo que se ha hecho siempre o casi siempre para volver a hacer, después, lo mismo, sino mediante una transformación bien meditada cuyos efectos son mucho más duraderos, por lo que tienen de combinación de cuantas variadas disciplinas pueden disfrutarse en Otoñeces.

Se trata de un proyecto distinto en el que todo suma, porque en un mismo recital puede integrar las artes plásticas, o la video-creación, o la gastronomía, en espacios tan representativos de nuestra variedad sensible como una zapatería o una pescadería en La Corredera, con una integración armónica y suave. Otoñeces, también, en el evocador patio trasero del estimulante Soul Food, con ecos modernistas un poco a lo Verlaine más sosegado, auténtico escenario del otoño, en el misterio azul de una merienda a salvo de los ruidos del asfalto, con la palabra escrita pronunciada, con lo que el poema no solamente no ha perdido su espacio primigenio, sino que lo potencia, en un contexto abierto y favorable a su degustación. Lo normal, cuando van apareciendo nuevos creadores de ámbitos culturales, es que se siga haciendo lo mismo de otra forma. Desde Otoñeces se ha logrado hacer de lo radiantemente nuevo el motivo de un poema.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios