García Baena en Bodegas Campos

LA Fundación Bodegas Campos ofrece un homenaje a Pablo García Baena por su Premio Reina Sofía y por la presencia libre de su obra, que es verticalidad de asombro ante el duro misterio de vivir. La Fundación Bodegas Campos ofrece un homenaje, lo ofreció ayer por la noche, pero qué homenaje mejor que su mera presencia, que esta resistencia en la ciudad que ya no reconoce sus orígenes. La Córdoba visible y la invisible que es posible atisbar, sentir y oler en los poemas de García Baena es la misma Córdoba ancestral que late y que perdura en las Bodegas. Este hermanamiento, este homenaje, esta plenitud fugaz de anoche, vale aún más por su simbología, por su carga añadida y sugerente, por la expresión de un tiempo y de una edad donde la ciudad aún mantenía lo mejor de sí misma. Recuerdo haber oído a Pablo alguna vez comentar la hermosura de Córdoba, o lo que queda de ella. Córdoba resiste y se resiente, Córdoba pervive y se maltrata, Córdoba se azota con coraje en la cara más dulce de sí misma.

Sucede con Bodegas Campos lo mismo que con otros lugares misteriosos, de majestuosidad onírica, como la antigua y sombría, crepuscular y única barra de madera de la Taberna Salinas: que cuentan más por lo que callan que por lo que cuentan, que son memoria viva y paisajística de una forma elegante de vivir. La elegancia, que puede ser canalla y es canalla, noctámbula y sentida, nostálgica y salvaje, se siente y se presiente nada más entrar por los portones de Bodegas Campos. La proyección que su Fundación va teniendo en Córdoba y en toda Andalucía, esa exquisitez del paladar, del tiempo aquilatado sobre el sitio de encuentro, esa textura fina de los platos, esa delectación de los sabores quizá como verdad anterior a nosotros, de otra latitud más cordobesa, es, en realidad, la recuperación de lo esencial pasado por tamices sensoriales.

Córdoba es incomprensible sin lo sensorial, sin una primavera agasajada por su explosión de cuerpos, del mismo modo que la poesía de García Baena es una pulcritud de lo que ocurre, pero también el arco sensitivo en una perfección del erotismo lúcido, plástico y transido de ecos esculpidos de otro tiempo. Todos los homenajes que reciba Pablo García Baena están muy bien, porque su poesía los merece y él también, pero este de ayer en las Bodegas tiene añadido el peso de una simbología, de una conservación vocacional para lo que no existe. Todo lo que no existe, precisamente, la Córdoba silente y descarnada, vive en Bodegas Campos, que es la mejor embajada de la ciudad en el corazón de sí misma. Más allá de Córdoba y su río, Córdoba es quizá cada poema que ha ido escribiendo Pablo sobre ella, y desde fuera de ella.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios