De Europasión a Euromarrón

Año 1968. Massiel interpreta en Eurovisión La, la, la, ese tema de Ramón Arcusa y Manuel de la Calva -El Dúo Dinámico- que en un principio estaba compuesto para Joan Manuel Serrat, pero que el maestro de cantautores no llegó a defender porque pretendía interpretarlo en catalán. Los Alcántara no pierden detalle -toda la familia agolpada frente al televisor- del triunfo de la madrileña. Así comenzaba el primer capítulo de esa ya mítica serie de la caja tonta nacional que es Cuéntame como pasó, con un homenaje a una cita que cada año era obligado no perderse y que en toda España se solía vivir en familia. Entonces, Eurovisión era otra cosa, era el esperado festival de música al que casi todos los cantantes noveles querían ir, un certamen que estaba pensado para que un artista nacional lo usara como trampolín para hacerse conocido internacionalmente -que se lo pregunten, por ejemplo, a Julio Iglesias o a los ABBA-. Ahora, Eurovisión ya no es lo que era y, para más INRI, ha perdido este año un poco más de su esencia al no poder volver a ser narrada por ese gran maestro de comunicadores que desgraciadamente se nos fue hace tan sólo unos días, José María Íñigo. Desde aquí mi pequeño homenaje para uno de los más grandes.

A lo que iba... Eurovisión ha pasado de ser, desde hace ya unos años, un festival en el que toda la familia unida esperaba con ilusión los máximos twelve points [doce puntos, la mayor puntuación que se puede otorgar por canción] para Spain a ser un concurso en el que parece escasear la canción seria y en el que quien lo gana no tiene asegurada una carrera más o menos longeva. A esa caída en picado hay que sumarle la poca vergüenza que tienen algunos países a la hora de votar. A algunos -demasiados- hace muchos años que se les ve el plumero. No votan a una u otra canción; en realidad votan al país amigo o al país vecinos e ignoran al desconocido. Mucha culpa de ello la tienen los países del Este de Europa, que con esta actitud hacen imposible que una buena parte de los participantes tenga posibilidades de vencer, con lo que han contribuido además a quitar las pocas ganas que quedaban de Eurovisión, una nueva Eurovisión que hasta España dejó de tomársela en serio cuando quemó sus naves musicales enviando al Chiquilicuatre a conquistar el Viejo Continente luchando contra los elementos y, curiosidades de la vida, el Chiquilicuatre no llegó a naufragar en la barca que en otro tiempo le manejaban a Remedios Amaya. Y lo peor de todo, España continúa luchando edición tras edición contra esos elementos sabiendo que nunca ganará y quedando de la mitad de la tabla para abajo en lo que supone un gasto millonario de una televisión, la TVE, que pagamos todos religiosamente con nuestros impuestos.

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