Por qué no habrá pensado el tío asesino ese quitarse primero la vida en vez de quitársela a esa pobre muchacha antes de matarse?, preguntó mi madre muy indignada hace un par de semanas mientras contemplaba en el telediario que a la joven Jessica Bravo Cutillas su expareja le había disparado cinco balazos mientras recogía al hijo de ambos, de tan sólo seis años, en un colegio en la localidad alicantina de Elda. Lo que mi madre desconocía entonces era que esa chica de tan sólo 28 años era una persona muchísimo más cercana a ella de lo que podía pensar, Jessica era una de las nietas de su amiga Concha. Por Jessica corría sangre cordobesa. Su padre es uno de los muchos belalcazareños que se han visto obligados a buscar fortuna fuera de la tierra que los vio nacer, en este caso reside también en tierras alicantinas -Monforte del Cid fue la última residencia de la joven-.

Yo a Jessica no la conocía, pero sí a su abuela Concha, a su padre y a toda su familia paterna; y es que, tarde o temprano, esa lacra social a la que llaman violencia de género acaba de una u otra forma golpeando a familias más o menos cercanas a cada uno de nosotros. Jessica fue valiente y denunció hasta cinco veces a su agresor, tan valiente que esas denuncias acabaron por costarle la vida, porque incomprensiblemente aún siguen fallando algunas cosas en un sistema en el que, paradojas de la vida, las más perjudicadas son las propias víctimas. No puede ser de recibo a estas alturas de la película que el hecho de intentar escapar de un martirio acabe convirtiéndose en una crucifixión, en la crucifixión de una persona inocente y, en este caso y en otros muchos, además, en un trauma de por vida para un pequeño que ha presenciado cómo su padre ha matado a su madre.

Hace unos días, con motivo del Día Internacional de la Violencia contra la Mujer, supimos que sólo en la provincia de Córdoba casi 900 mujeres -895 en concreto- cuentan este año con protección policial activa contra su presunto maltratador, según los datos del Sistema de Seguimiento Integral en los casos de Violencia de Género (Sistema VioGén) de la Secretaría de Estado de Seguridad. Se trata de mujeres que, como Jessica, sufren a tipejos que creen erróneamente actuar en nombre del amor, de esa especie sin riesgo de extinción -para infortunio de sus víctimas- que confunde precisamente deseo de posesión con amor, obsesión con amor...y que todo lo que hace está justificado aunque haga daño, porque lo hace en nombre del amor. En el caso de Jessica, y en el de otras muchas, el mejor acto de amor de su asesino hacia ella hubiera sido lo que preguntaba mi madre, quitarse la vida antes de descargar cinco balazos sobre ella y condenar así a una familia y, sobre todo, a un niño, a un sufrimiento de por vida.

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