EL nuestro, históricamente, ha sido un país muy receptivo con las influencias extranjeras. No es de extrañar el cálido abrazo que le dispensamos a nuestros invasores/colonizadores, de los fenicios a los musulmanes, asimilando con naturalidad sus costumbres, gastronomía o idioma. Asimilaciones que hoy conforman nuestras señas de identidad. Esta receptividad se mantiene en la actualidad, adquiriendo en algunas ocasiones tintes de epidemia, dada la velocidad de transmisión y expansión. La mercadotecnia fue devorada por el marketing -que ya ni señala en rojo el corrector ortográfico del ordenador-, que suena más moderno; no enviamos correos electrónicos, no, se llaman emails; ordenamos nuestras acciones futuras en un timming, que el calendario es una herramienta obsoleta; Papa Noel, que por miles se cuelga de nuestras ventanas y balcones, ya goza de semejante popularidad que nuestros entrañables Reyes Magos y Halloween ya es una fiesta plenamente consolidada en la programación festiva anual, consiguiendo que se alquilen más disfraces que durante el Carnaval. Por suerte, aún nadie se planteado celebrar el 4 de Julioo el día de Acción de Gracias, aunque tiempo al tiempo. Esperemos que la hamburguesa no desplace de las barras de los bares a la tortilla de patatas y que la paella y el cocido no terminen en un museo de costumbres del pasado, como recuerdo de un ayer lejanísimo.

Afortunadamente, aunque el índice de precios nos marque otros caminos, el pavo y el cordero seguirán siendo los platos estrellas de estas fiestas. Tampoco faltarán los turrones, mazapanes y mantecados, que ya empiezan a sentir la amenaza de los nuevos postres importados. El recomendado conejo, para alegría de Bugs Bunny, que temió quedarse sin buena parte de su familia tras las declaraciones gubernamentales, seguirá sin estar invitado al coro de villancicos y zambombas. De igual manera, al son de las campanadas, las doce uvas, atragantadas o digeridas metódicamente, enlatadas o directamente arrancadas del racimo, continuarán marcando la entrada en el nuevo año. Y, posteriormente, cumplamos con las pocas tradiciones que nos quedan, brindemos con cava. No caigamos en engañosos boicots que carecen de justificación, no renunciamos al cosquilleo de sus burbujas por batallas que sólo existen en la imaginación de unos pocos, descorchemos las botellas y alcemos nuestras copas. Porque el cava, en nuestro país, es el símbolo de la celebración, la puerta de la fiesta, el cómplice de nuestras sonrisas.

Desde que recuerdo, el cava ha formado parte esencial de las celebraciones más gratas, de esos instantes mágicos que han destacado entre la rutina del diario. Momentos en los que nos hemos vuelto a encontrar las familias, los amigos, que hemos festejado nuevas llegadas, avances, logros, agradables sorpresas. Con frecuencia, el tapón que nos sobrevuela, entre estupor y exclamaciones, esconde en su breve estela un sinfín de emociones, de felicidad liberada, de reencuentros y sonrisas, de jolgorio deseado y necesario. Enfatizo en la necesidad de brindar con cava tras los últimos mensajes descubiertos en mi correo electrónico, apelando a mi complicidad en un boicot que no termino de comprender. Desconocen los emisores de estos mensajes que boicotear el cava no significa solamente ir contra los intereses concretos de Cataluña. Aunque concentra gran parte de su producción, por tradición y extensión, hay cavas riojano, valenciano y hasta extremeño, reconocidos por la Denominación de Origen. Este país nuestro, tan receptivo con lo exterior, pero tan puñetero con nosotros mismos, una extraña cualidad digna de estudiar y, sobre todo, de erradicar. Yo seguiré brindando con cava, y animo a que todos los hagan, que en sus burbujas y en su sabor viajan la alegría y la felicidad. No quiero que ninguna otra bebida lo sustituya -no puede hacerlo-, y les puedo asegurar que no miraré en la etiqueta su procedencia. Sea cual sea, es nuestro.

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