Descartada la posibilidad de que los menguantes sectores del nacionalismo catalán con un cierto sentido de la sensatez reconduzcan la situación -seamos comprensivos con ellos: hasta hace unos meses el disidente no se arriesgaba más que a perder alguna prebenda, cargo o gabela, pero hoy expone a sí y a su familia al peor de los linchamientos personales y económicos-, salvo que ocurra algún inesperado milagro de última hora esta semana tendrán los catalanes, y padeceremos todos los españoles, un presidente títere del fugado, cuya conducta en las redes sociales demuestra que es un talibán xenófobo y que promete continuar un proceso constituyente de la República catalana. Si éste es el resultado de la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña y a ello le añadimos que las encuestan pronostican que, de repetirse las elecciones, el independentismo reforzaría su mayoría absoluta, la sensación de fracaso es inevitable.

Imagino que animado uno por la conveniencia de dotar de estabilidad económica al país y espoleado el otro por la evidencia del fracaso de la política desarrollada en Cataluña, Rajoy y Rivera han adoptado decisiones discutibles en las últimas semanas, que han servido para alimentar el creciente pulso entre ambos y evidenciar que existe una guerra por la hegemonía electoral en todo aquello que no sea izquierda: el pacto con el PNV de unos y la ruptura del consenso y el apoyo al gobierno en Cataluña de los otros son decisiones que no pueden explicarse en una clave distinta a esa pugna.

Desde un lado se acusa al otro de aprovechados y desleales, desde el otro de falta de firmeza en la pugna con el independentismo y de cesiones excesivas al nacionalismo vasco, y lo malo es que muchos empiezan a pensar que ambos tienen razón en las acusaciones. Aunque me niego a creer las teorías que afirman que incluye un acuerdo para cederles el control de las prisiones y hacer posible el masivo acercamiento de los presos Rajoy parece haber hecho concesiones económicas excesivas al nacionalismo vasco a cambio de tiempo y estabilidad, y Rivera parece haber sido irresponsable y desleal cambiando su posición inicial (una vez más y las que quedan) y rompiendo sin previo aviso ni negociación el consenso sobre Cataluña a cambio de golpear al gobierno: pírricas victorias ambas. La división hace la fuerza del enemigo.

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