Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Con tendencia a empeorar

Lo peor es que hoy, lunes, todo aparenta estar peor de lo que ya lo estaba el sábado

Quizás lo peor de todo no fuera que Puigdemont se saliera con la suya y que al mundo se le diera ayer la imagen de policías con cascos y corazas entrando en colegios a la búsqueda de urnas y cargando contra gente que los recibía con los brazos en alto y algunos con claveles en la mano. Quizás tampoco fuera la mascarada montada por la Generalitat con el censo universal y con el vote usted donde quiera y con la papeleta que quiera que ya si eso le apuntamos el número del deneí. Ni tan siquiera que el president pudiera salir por la noche a amagar con la declaración de independencia. No. Lo peor es que hoy, lunes, todo aparenta estar todavía peor de lo que estaba el sábado y muchos nos tememos que con tendencia a empeorar de forma rápida y dramática. Claro que no hubo ayer un referéndum en Cataluña porque no podía haberlo -eso lo sabía cualquiera con un mínimo sentido de lo qué es la democracia- y que los resultados que ofreció la Generalitat valen lo mismo que si los hubieran proclamado Piolín y el gato Silvestre, tan citados estos días. Pero lo cierto es que el Estado no ha salido fortalecido del envite y los independentistas están envalentonados. Dicho de otra forma: Puigdemont y los suyos, saltándose la ley y los principios más elementales del Derecho, tenían motivos para sentirse satisfechos.

¿Por qué ha pasado esto? Hay motivos variados, pero uno muy evidente: se ha perdido la batalla de la comunicación. Incomprensiblemente, se ha dejado que el discurso independentista, escudado en el derecho a decidir, se adueñara de los medios y de las redes sociales y que la única respuesta que se ha dado haya sido la tardía actuación de las Fuerzas de Seguridad cuando ya lo único que podían hacer era ofrecer una imagen que repele en una sociedad democrática. La Policía autonómica catalana actuó como era previsible: no iban a ir contra las directrices del Gobierno al que sirven. Que se dejara en sus manos abortar la apertura de los colegios es un error del que se arrepentirán durante mucho tiempo en la Moncloa y en el Ministerio del Interior, que ha actuado con torpeza sobresaliente.

Pero de nada sirve lamentarse de la jornada vivida ayer. Más vale preocuparse por la deriva que puedan tomar los acontecimientos a partir de ahora. Sobre el escenario pende la posibilidad, quizás algo más que la posibilidad, de que la proclamación unilateral de independencia se convierta en una realidad en cuestión de horas o días. La respuesta del Estado en ese caso sólo podrá ser la de la intervención de la autonomía catalana e, incluso, la detención de sus principales dirigentes. A partir de ahí nadie puede pronosticar cómo pueden acabar las cosas.

Lo cierto es que, hoy por hoy, España tiene el reto más grave desde la restauración de las libertades y la Unión Europea tiene de pronto una crisis abierta en uno de los países que forman parte de su núcleo duro, sobre todo después de la salida del Reino Unido. Va a hacer falta mucha política por parte de Rajoy para evitar que el asunto no escape de control. La que se ha seguido hasta ahora se ha demostrado fallida. ¿Será capaz de cambiar de estrategia, como de alguna forma parece que insinuó anoche, o dejara que los acontecimientos lo vuelvan a superar?

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