¡Que vuelva Billy Bob!

Con un reparto de campanillas (miren la ficha), Fred Claus, el hermano gamberro de Santa Claus aspira a suscribirse al selecto y muy saludable club de las películas navideñas que se cachondean de la cosa a golpe de parodia y mala leche (adulta), peligroso y subversivo contragénero con ilustres precedentes, animados (Pesadilla antes de Navidad, de Tim Burton) y en carne mortal (la gloriosa y desternillante Bad Santa, de Terry Zwigof, protagonizada por nuestro admirado, especialmente en estos papeles de tío perdedor e incorrecto, Billy Bob Thornton), para deleite de descreídos, escépticos y aguafiestas que, a pesar del inevitable happy end que todo lo recompone, disfrutan (disfrutamos) de lo lindo con las gamberradas del trayecto. Y decimos aspira porque la cosa se queda aquí en un muy tibio intento, desbaratado ya desde los primeros cinco minutos, después de que el prólogo nos anuncie una batalla fraternal que nunca pasará a mayores. Fred Claus apunta maneras gamberras (la cosa va de cómo el hermano chungo de Santa Claus, un macarrilla irresponsable y tarambana, es redimido in extremis por el propio espíritu navideño), pero muy pronto desde el ángulo de un humor tontorrón, blando y blanco como la nieve de pega de la ciudad de los elfos. Al pobre de Vince Vaughn se le acaban pronto las malas pulgas, tanto como al guionista y al director, David Dobkin, que opta siempre por el camino más plano y menos iconoclasta para filmar sus chistes (sic) y sus pobretones gags cómicos de caídas y tortazos a cascoporro.

Lo de Paul Giamatti, Santa Claus de látex para la ocasión, empieza a ser ya más preocupante, empeñado como parece en convertirse en el nuevo payaso oficial de Hollywood. No hay estómago, y eso que lo hemos intentado.

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