Crítica de Teatro

A vivir que son dos días

Un momento de la representación de la obra de Jardiel Poncela. Un momento de la representación de la obra de Jardiel Poncela.

Un momento de la representación de la obra de Jardiel Poncela. / juan ayala

El Instituto Municipal de Artes Escénicas (IMAE) abre su programación del mes de mayo contagiado por el ambiente festivo que se respira en las calles de nuestra ciudad y en clave de humor vino al Góngora el pasado sábado la compañía Teatro LAB con Cuatro corazones con freno y marcha atrás. El texto de Jardiel Poncela nos ilustra sobre las ventajas e inconvenientes de la inmortalidad y cómo ésta afecta a los cinco personajes principales de su obra: dos parejas de enamorados de clase alta que se sienten desdichadas y Emiliano, un cartero sencillo que por casualidad se une al equipo de la vida eterna al enterarse del secreto. Lo que en principio parece ser una aventura maravillosa sin final se convertirá en un infierno interminable acaparado por el absoluto hastío. La situación girará 180 grados cuando surge la oportunidad de tomar otro elixir que permite rejuvenecer y dar marcha atrás los años. De esta forma, los enamorados serán felices gracias a la ignorancia y despreocupación que la juventud proporciona. Solo Emiliano, con su llano pragmatismo, mantendrá la condición de inmortal, nota que nos deja como moraleja Jardiel Poncela para decirnos que el tiempo solo favorece a quien sabe adaptarse.

Teatro LAB parece tener en cuenta la máxima citada anteriormente y plantea su producción acorde a ella. Se aparta de la estética clásica y realista confeccionando una propuesta conceptual y minimalista: escenografía modular, apoyo audiovisual y un espléndido reparto que, con soltura y gran coordinación, interpreta, hace dobletes, manipula objetos y en ocasiones es parte de la ambientación. Son fieles al texto y su mensaje pero con el dinamismo y la frescura necesaria para acercarse al público de hoy. Una apuesta arriesgada que dependiendo de los gustos del espectador será más o menos aceptada. El público supo apreciarlo y les favoreció despidiendo al elenco con un sonoro y largo aplauso.

¿Quién no ha fantaseado con no morir y ser siempre joven? Dicho sueño se ha convertido en nuestros días en objeto de deseo impuesto por una sociedad obsesionada en parar el reloj a toda costa. El ingenio de Jardiel Poncela se adelantó a su tiempo para recordarnos que para sentirse vivo es necesario aceptar la naturaleza como algo efímero. Nada es para siempre. Por suerte.

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