El triunfo de la armonía

  • El sello Alpha ofrece en formato DVD la producción que Benjamin Lazar y Vincent Dumestre hicieron de 'Cadmus et Hermione' de Lully para la Opéra Comique

Según una de las versiones más difundidas del mito, Harmonía era hija de Afrodita (diosa de la belleza y del amor) y de Ares (dios de la guerra) y representaba por ello el equilibrio, la concordia. Cadmo, fundador de Tebas, la conoció mientras buscaba a su hermana Europa, que Zeus había raptado disfrazado de toro, y se casó con ella con exuberante pompa, a la que contribuyeron con su asistencia los dioses del Olimpo y las musas.

El tema, desarrollado hasta ese preciso final feliz, fue el escogido por Jean-Baptiste Lully (1632-1687) para su segunda colaboración con Philippe Quinault, de la que nacería su segunda tragedia lírica, que, estrenada en abril de 1673, presenta, aún de forma embrionaria, el modelo que compositor y poeta irían perfeccionando en años sucesivos: estructura en prólogo y cinco actos, con un recitado continuo como sustento teatral y musical del drama, inclusión de divertissements de danza y empleo de maquinaria escénica como recurso para la estratificación dramatúrgica y la seducción de los espectadores.

Cadmus et Hermione no se había grabado nunca y esta primera ocasión no podía haber tenido mejor fin. Producida por la Opéra Comique de París, en este proyecto se unen los esfuerzos combinados del escenógrafo Benjamin Lazar y del director musical Vincent Dumestre, que habían dejado ya para el mismo sello Alpha una producción hermosísima de Le burgeois gentilhomme, realizada con la misma intención de recuperar el ambiente original que conocieron las representaciones de estas obras en su tiempo, y ello mediante un procedimiento que va mucho más allá del mero empleo del vestuario o el atrezzo de época, pues trata de profundizar en la esencia del teatro musical de la época de Luis XIV.

No en vano, Benjamin Lazar es discípulo de Eugène Green, cineasta, dramaturgo y uno de los grandes estudiosos del teatro barroco, y su concepción busca integrar de forma armónica la música con la escenografía, el vestuario, la danza, la maquinaria y el gesto. Es justamente la gestualidad, convertida en elemento dramatúrgico de primer rango, lo que separa esta producción de muchas otras pretendidamente historicistas, pero en las que no se ha profundizado hasta ese nivel en el movimiento y los gestos de los cantantes y actores.

Ese ritmo que marcan los movimientos y los gestos en escena, el respeto puntilloso de la prosodia y de la pronunciación, la muy sencilla y efectiva iluminación de Christophe Naillet, la original coreografía de Gudrum Skamletz, la riqueza colorista del vestuario de Alain Blanchot, la belleza un punto naïf de la escenografía de Adeline Caron, los diferentes planos escénicos, con un juego espectacular de personajes que evolucionan merced a las máquinas aéreas, consiguen sugerir de forma por completo convincente la fantasía del teatro del grand siècle, con todo su potencial simbólico y sus convenciones. La trama avanza con extraordinaria fluidez, merced al perfecto equilibrio de los elementos puestos en juego, entre los que los recursos cómicos ayudan a compensar la tendencia al hieratismo de estos argumentos mitológicos en un momento tan primitivo del desarrollo de la ópera barroca francesa.

A la fascinación contribuye la vitalista dirección musical de Vincent Dumestre, que obtiene de su amplio equipo instrumental (24 instrumentistas de cuerda) un sonido intenso y de mucho relieve, con gran variedad de matices, que mantiene permanentemente el interés de la declamación y ayuda a reforzar los instantes líricos o las brillantes intervenciones corales. Amplísimo y sólido el equipo de cantantes. El barítono André Morsch, voz clara y fraseo distinguido, hace un Cadmo impecable, gélido en su primer encuentro con Harmonía, ardoroso en su enfrentamiento con el dragón. Le da réplica con refinada delicadeza y timbre de sugerente sensualidad la soprano Claire Lefilliâtre. Magnífico Arnaud Marzorati en todos los registros expresivos, con voz baritonal recia y flexible al tiempo, deliciosa Isabelle Druet, divertidísimo Jean-François Lombard en su papel travestido de Nodriza... Globalmente, todo el conjunto, incluido el coro, cumple sin desfallecimientos y los esforzados bailarines redondean un espectáculo gozoso, estupendamente filmado por Martin Fraudreau.

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