De tripas reflexión

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Leiva + José Ignacio Lapido. Fecha: sábado 5 de julio. Lugar: Teatro de la Axerquía. Media entrada.

Dos sombras caminando bajo un mismo paraguas. El del rock and roll. De un lado el poeta granadino que nunca cuenta verdades a medias, que no hace chistes, sino canciones con forma de pistola. Como aquellas nubes. De otro un esqueleto stoniano con la chulería abierta en canal. Tan duro, tan duro, que se muere de frágil. Son Lapido y Leiva, y vinieron para poner algunos acentos insoslayables en este festival guitarrero. Abrieron la caja de las letras, como quien abre la de los truenos, como quien quita la anilla a una granada que encontró en el parque y que estaba llena de palabras. Metralla pura. Porque hasta el sábado todo habían sido acicalados instrumentales. Alguien debía empezar a cantar ya de una vez las verdades del barquero. Y de pronto, esa noche, todo fueron sílabas, agolpadas en la salida de emergencia, en un lugar entre la realidad y el sueño, entre las descomunales reflexiones de Lapido y las tripas de Leiva.

Lapido a solas. O medio a solas, había tenido siempre poca misericordia con nosotros. Pues esta vez, con la banda apretando dientes, fue un asesino en serie que nos dinamitó la razón en cada estrofa, mientras rugía una guitarra como la sierra mecánica de aquel tipo de Texas. Lució la capacidad de hablar en clave a base de versos diáfanos, en una vuelta de tuerca que repite en cada disco sin provocar ardores, sin hastiar, como si de un idioma íntimo e inteligible se tratase. Verle en esa dimensión, en la amplitud y perspectiva de la Axerquía, nos parecía inabarcable, atemporal a la vez que actual. Se nos escapaba entre los dedos por lo intenso de su discurso, por lo afianzado que aparece a estas alturas en su papel de poeta eléctrico, que nunca fue ni quiso ser gran cantante, pero a quien el tiempo ha llevado a un sitio al que llegó a base de buscar sentido a esta vida, dura como el olvido, breve como una caricia.

Luego vino Leiva, que ha metido algunos demonios en un paquete y los ha facturado lejos. Eran pequeños lastres que ahora sobraban. Su carrera no quiere escenas turbias, aunque los Stones sigan mandando en las referencias. Es sin duda más comercial que Lapido, es otra poesía, aunque en la base sonora existan muchas confluencias. Sigue desgarbado pero juraría que tiene las cosas más claras que nunca. Arrastra su leyenda, sí, pero ya ella no le arrastra a él. O al menos esa intención se trasluce en su compostura, selección de temas y actitud en el escenario. Con una banda que sonaba dulce y redonda, rematada por una excelente sesión de vientos y un teclista pleno de detalles, el madrileño fue dando guinda tras guinda, incluyendo algunas (las justas) de sus tiempos perezosos, a un público que ha evolucionado con él y que ahorra gritos para cambiarlos por canturreos de himnos de los que parece ser un excelente alquimista que ya no necesita las rentas de Pereza para hacer frente con soltura a sus conciertos. Es su hora. Es solvente, y bebe el viento del presente.

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