Entre la tradición y la modernidad

El concierto inaugural de la presente edición del Festival de la Guitarra tuvo como protagonistas a Juan Manuel Cañizares (guitarra flamenca), la Orquesta de Córdoba y el compositor Mauricio Sotelo (quién dirigió a la formación cordobesa), con un programa donde lo popular y lo culto, lo tradicional y lo moderno, se dieron la mano.

La primera parte del programa estuvo dedicada al concierto para guitarra y orquesta Como llora el viento…, título de resonancias lorquianas. En efecto: Lorca y Falla, y su mundo simbólico de alusiones a lo popular, son las referencias estéticas de este friso de inspiración flamenca compuesto por Mauricio Sotelo. Juan Manuel Cañizares estuvo impecable en su rol de solista demostrando, una vez más, su sólida preparación y su versatilidad como intérprete, algo que le permite rebasar los límites del estilo flamenco y adentrarse con solvencia en mundos tan dispares como el sinfónico o el de la transcripción. Especialmente brillante estuvo en la hermosa cadencia, uno de los momentos más emotivos del concierto. Es oportuno resaltar el enfoque de Sotelo en esta interesante obra; consigue establecer un diálogo muy fructífero entre la guitarra, que no pierde su identidad flamenca a través de sus recursos técnicos más característicos: trémolos, rasgueados, picados…, y una orquesta tratada con fantasía, como los constantes glissandi de la cuerda y arpegios rápidos cromáticos, que parecen evocarnos la imagen del título. En definitiva, una obra ecléctica y única en su género, muy bien interpretada por nuestra orquesta y el propio compositor a la batuta. Una obra que ha servido de pórtico a una nueva edición del festival, la número 28, que se presenta con una programación muy variada y atractiva.

Bien distinta, por cuanto irregular, resultó la segunda parte del programa. Cañizares presentó en Córdoba tres adaptaciones de otras tantas piezas de Iberia de Isaac Albéniz: Evocación, El Puerto y El Albaicín. Obras originalmente escritas para piano y que Cañizares interpretó en versión para dos guitarras, acompañado del guitarrista Juan Carlos Gómez. Convertir en flamencas estas piezas de innegable sabor popular es interesante por cuanto se enfatizan el color, el ritmo y la fuerza expresiva de una música muy inspirada. Algo que consigue Cañizares con gran maestría. Sin embargo echamos de menos los registros más poéticos, las respiraciones y el rubato tan característico en estas piezas -sin olvidar los cambios de tempo indicados por Albéniz-, algo que Cañizares parece pasar por alto en todo momento. En este sentido, nos pareció muy poco afortunada la interpretación del final de El Puerto, verdadero nocturno de atmósfera poética. Por último, el recital se cerró con temas del propio Cañizares. Temas muy pobres en cuanto a contenido y desarrollo, pero sustentados por el poderío técnico del que hace gala Cañizares. Virtuosismo deslumbrante que puso en pie al entusiasmado público del Gran Teatro.

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