En la tierra de nadie

Garrone intenta en Gomorra ahuyentar a un fantasma cinematográfico y, en el proceso, termina convocando a otro, quizá peor. Saviano le señaló el camino, la herida nunca cicatrizada, y el cineasta fue a por los cuerpos intercambiables de Nápoles, los mismos que mañana serán cadáveres agujereados, para poblar su filme de realidad. Ésa era la primera necesidad: dar salida al espectro de lo mafioso en el cine, restar glamour al gángster que, desde el clasicismo al manierismo in extremis de Scorsese, podía excitar en el paria la necesidad de abandonar la vida larga pero gris para optar por la muerte pronta y violenta como lógico colofón de unos días de exceso libidinoso. A esto responde el deseo de Garrone de dar a ver: los lugares y las gentes de un Nápoles bajo el signo de la mafia; para ello una cámara de encuadre nervioso que, a veces, parece moverse titubeante bajo el letrero ¡fíjense lo que pasa!

Pero siempre queda el cine, y si Garrone desmonta clichés es para abastecerse de otros. Y son los títulos de crédito finales, que compartimentan las actuaciones de los profesionales y no profesionales bajo epígrafes que hablan de las historias que aquí se han cruzado (y recuerden a Akin, Iñárritu, Haggis y demás intensos), los que nos informan del deseo íntimo del cineasta: la trascendencia. Son así las historias de Gomorra, en el fondo, los reconocibles (por archicodificados) relatos de ascensiones y caídas, de valientes redenciones y lamentables naufragios, de héroes anónimos y víctimas propicias que estamos más que acostumbrados a ver. Es un cine de guión, que aparca el misterio, lo ininteligible (pero que sí se siente, y cómo), para novelarlo todo, conformarlo con moldes tolerables, razonables. Al final es Nápoles, pero podría haber sido cualquier parte del mundo: eso es lo que quiere Garrone (y creo que no es lo que quiere Saviano).

Gomorra es una película tensa, que ladra, pero no muerde. Una buena película bajo los estándares del audiovisual de hoy, los mismos que harían etiquetar al Salvatore Giuliano (¡1962!) de Francesco Rosi de filme intelectual, pedante y aburrido. Pero Garrone, para hablar de política, tiene que recurrir a letreros.

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