El río que perdura

  • John Eliot Gardiner presenta en su sello la primera entrega de un ciclo dedicado a la música de Johannes Brahms

"Quien te honrare ha de ser claro y valiente", escribe Jorge Luis Borges en un poema dedicado a Brahms al que John Eliot Gardiner hace alusión en las notas de este primer volumen de su gran proyecto brahmsiano, y no es precisamente audacia la que le falta al director británico, que enriquecerá el catálogo de su sello con las cuatro Sinfonías y el Requiem alemán del músico germano, complementados con piezas corales del propio Brahms y de otros compositores que Gardiner considera afines. Este primer CD incluye junto a la Sinfonía nº1 en do menor Op.68, el Begräbnisgesang (Himno fúnebre) Op.13 y el Schicksalslied (Canto del destino) Op.54, además del motete de Mendelssohn Mitten wir im Leben sind (En medio de la vida) Op.23.

La obra mendelssohniana, de indudable raigambre bachiana, fue escrita en 1830, esto es, tres años antes del nacimiento de Brahms, cuyo Himno fúnebre data de sus juveniles 25 años (1858) y parece anticipar con claridad el Réquiem alemán. El Canto del destino es en cambio ya una obra de madurez (1871), que en cualquier caso nacería antes de que el compositor se atreviera a terminar su 1ª Sinfonía, esbozada en el lejano 1855 y no concluida hasta 1876 (fue estrenada el 4 de noviembre de aquel mismo año).

En la tradición interpretativa brahmsiana, los instrumentos de época entraron hace tiempo (Roger Norrington, Harry Christophers o Philippe Herreweghe se cuentan entre sus frecuentadores) y Gardiner se suma a la corriente sin estridencias. Su orquesta no es precisamente camerística (65 instrumentistas) y su visión es de una flexibilidad en el empleo del rubato que algunos pueden tildar incluso de hiperromántica. Se basa el maestro inglés en los apuntes de Walter Blume sobre las interpretaciones brahmsianas de su maestro Fritz Steinbach (1855-1916), a quien Brahms consideraba uno de sus mejores servidores con la batuta.

"Fuego y cristal", términos sacados del poema de Borges antes aludido, parecen ser la divisa de Gardiner para esta interpretación, transparente y ligera como el vidrio, apasionada y cálida como el fuego, con una tendencia muy evidente a valorar el contrapunto, a destacar las voces intermedias, proponiendo para ello un discurso muy articulado y plagado de pequeños detalles de tímbrica, opuesto por tanto al fluido wagneriano de frases largas y continuas, premisa básica de la visión que la gran escuela centroeuropea de dirección tiene de este repertorio. Dentro de esta concepción, las obras corales, interpretadas de forma maravillosa por el Coro Monteverdi, resultan de una coherencia absoluta, lo que termina por dar justa forma a "este río que huye y que perdura", bella sentencia poética con la que Borges caracterizó al músico.

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