Dos Passos, Philby y Belmonte

  • El escritor estadounidense y el espía soviético visitaron la ciudad, por separado, en 1920 y 1937

  • En ambas ocasiones toreaba en la ciudad Juan Belmonte

Kim Philby , en una imagen de comienzos de los años 50; abajo, el periodista Enrique Bocanegra (Sevilla, 1973). Kim Philby , en una imagen de comienzos de los años 50; abajo, el periodista Enrique Bocanegra (Sevilla, 1973).

Kim Philby , en una imagen de comienzos de los años 50; abajo, el periodista Enrique Bocanegra (Sevilla, 1973).

El cartel de la Feria de Córdoba de mayo de 1920, en honor de Nuestra Señora de la Salud, anunciaba "grandes corridas de toros en las tardes de los días 25, 26 y 27 de mayo". Con astados de las ganaderías de Antonio Miura, Félix Moreno y Luis Gamero Cívico, los diestros que iluminaban la oferta ferial eran nada menos que José Gómez Gallito, Juan Belmonte e Ignacio Sánchez Mejías, a quien Lorca hizo inmortal.

No hubo coincidencia, no pudo haberla. El 16 de mayo moría Gallito en Talavera de la Reina, se vestía de luto la Macarena y toda España lloraba por esquinas y tabernas. El gran duelo entre Gallito y Belmonte, tan amigos como rivales, tan discípulos a su manera de Joseph Conrad, no volvería a repetirse. Cuentan las crónicas de la época que Bailaor, el animal homicida, era "burriciego, corto de pitones y escurrido de carnes". Y aunque la leyenda que ya era Rafael Guerra había establecido que "para que a Gallito le coja un toro tendrá que tirarle un cuerno", la verdad fulminante es que el diestro había muerto en Talavera, y que Juan Belmonte llegó a Córdoba herido por la tristeza y marcado por el luto y el dolor, como decía el medido soneto de Miguel Hernández.

Poetas y toreros, la España de los años 20 y 30. Un país lleno de desequilibrios, siempre al filo del abismo. John Dos Passos, viajero infatigable y fiel escudero del Quijote, estaba precisamente en Córdoba aquellos días de mayo de 1920, retratados en un texto titulado Córdoba, que fue de los califas, incluido en el libro Viajes de entreguerras (Península, 2017).

"Ahí va Belmonte - dijo-. La mitad de los hombres que lo ovacionan no han tenido comida suficiente nunca en su vida. Los viejos romanos eran más sabios; para mantener callada a la gente, les llenaban el estómago. Esos imbéciles -echó la cabeza hacia atrás disgustado, pensé, por los chales y las peinetas y el negro resplandeciente del pelo bajo los encajes y las cinturas de avispa de los jóvenes y la insolencia de los ojos negros sobre las ruedas centelleantes de los carros-, esos imbéciles sólo dan circo".

Quien habla es un amigo del escritor. Dos Passos conocía bien España, que ya había visitado en 1919 y le había inspirado El descubrimiento de Rocinante. Sus primeros viajes fueron madrileños y manchegos, y venía a nuestro país con la ilusión de beber de su cultura y la facilidad que le daba el conocimiento del idioma, ya que se había criado varios años en México. En España conoció pronto al que sería su traductor, amigo y guía por el país, el joven entusiasta José Robles, cuyo asesinato en Valencia en 1937, en la retaguardia republicana, llevaría a Dos Passos a distanciarse del comunismo y a perder su fe en un ideal que no siempre defendía sus valores con honestidad y coherencia.

En Córdoba, Dos Passos visita una librería, que en 1920 no pudo ser otra que la que acababa de fundar Rogelio Luque apenas un año antes. En ella preguntó por la dirección de Azorín, es decir, Francisco Azorín Izquierdo, arquitecto hiperactivo, representante de esa burguesía progresista y culta que quiso transformar España y acabó en el exilio, o fusilada -como Rogelio Luque-, con las esperanzas destruidas y la conciencia rota. Fueron años duros los que vinieron tras la visita de John Dos Passos, que en Córdoba se relacionó con republicanos y socialistas, y que escribe que "todos lamentaban no poder llevarme a la Casa del Pueblo pero, según explicaron entre risas, la Guardia Civil la tenía ocupada en ese momento". Volvería a España en más ocasiones, la última en 1937, para huir de ella con la conciencia tensa y la sonrisa helada por la traición y el asesinato de su amigo José Robles.

KIM PHILBY EN CÓRDOBA

Ha publicado Enrique Bocanegra un libro estupendo, Un espía en la trinchera. Kim Philby en la Guerra Civil española (Tusquets, 2017) que desvela los primeros pasos en el espionaje del más célebre agente doble soviético de todos los tiempos. Philby, reclutado para el comunismo en sus felices días universitarios de Cambridge, llegó a España con la misión de informar, y acabaría recibiendo el encargo de intentar asesinar a Franco, una misión imposible que, sin embargo, le curtió lo suficiente como para ascender en la carrera del espionaje hasta llegar a la cúpula del Servicio de Inteligencia británico, el MI5, desde donde traspasaba sin rubor ni continencia todo lo que se le antojaba a los enemigos rusos, más allá del telón de acero.

La investigación de Bocanegra, intensa y rigurosa, ganadora del XXIX Premio Comillas de biografías, pone el foco inicial en Andalucía, frente activo de guerra en los primeros meses, escenario de sórdidas matanzas por parte de Queipo de Llano y la columna de la muerte de Yagüe. En febrero de 1937 había sido capturado en Málaga Arthur Koestler, el más intrépido de los agentes de la Komintern, la red soviética de espionaje, agitación y propaganda. Koestler quería demostrar la ayuda de los nazis y los fascistas italianos a los militares golpistas españoles. Su atrevimiento casi le cuesta la vida, canjeado como un cromo en el último momento por la sevillana mujer de Carlos Haya -el as franquista de la aviación que acabaría dando nombre a un enorme hospital malagueño-, que tenían retenida los republicanos.

Philby llega a España como periodista. En marzo de 1937 se encuentra en Gibraltar, en el Rock Hotel, con su contacto, Guy Burgess, también de Cambridge, también agente doble, compañero de viaje y destino. "Al día siguiente de su encuentro con Burgess en Gibraltar, Philby regresa a Sevilla. A partir de aquí se pierde su pista. Lo que ocurrió durante esos 40 días, desde finales de marzo hasta principios de mayo, es un misterio". Esto escribe Enrique Bocanegra en su libro, febril y entretenido.

Sin embargo, hay un episodio ocurrido en Córdoba que Philby relata en sus memorias sin establecer el día exacto, y que recoge Bocanegra en su obra: una tarde de primavera de 1937, paseando por Sevilla, "se fija en un cartel que anuncia una corrida de toros para el domingo siguiente en Córdoba. Con la excusa de la fiesta, piensa, podrá acercarse al frente que corre en esa provincia, entre Montoro y Andújar".

"Al llegar a Córdoba -continúa la narración de Enrique Bocanegra- se aloja en el hotel del Gran Capitán, donde cena solo. Tras un paseo regresa a su habitación, se pone el pijama y se acuesta temprano pensando en cómo conseguir al día siguiente la entrada para los toros". Sin embargo, esa misma madrugada irrumpe en su habitación la Guardia Civil, que lo detiene y lo interroga. En el bando franquista había muchas sospechas de la simpatía de los ingleses por la causa de la República. "Terminado el interrogatorio, los tres guardias civiles se colocan unos guantes y, con una delicadeza que sorprende al británico, abren el equipaje y comienzan a examinar cuidadosamente cada uno de los objetos. Después proceden con la maleta, golpeando suavemente la superficie y comparando las medidas del interior con las del exterior. Finalmente se vuelven hacia Philby y le piden que se vacía los bolsillos".

Es un momento crucial. El inglés lleva un papel con los códigos para enviar comunicados cifrados, en clave. Su suerte pende de un hilo, pero es listo y rápido: saca la cartera, la tira displicente sobre la mesa y aprovecha la reacción instintiva de los guardias para sacar del bolsillo el papel culpable con los códigos y engullirlo. Durante la mañana siguiente, Philby abandona Córdoba en tren, de nuevo hacia Sevilla.

No se sabía nada sobre la fecha de este episodio tan relevante en la vida de Kim Philby. Los lectores de el Día serán los primeros en saberlo: el diario ABC, en su edición de Andalucía del martes 30 de marzo de 1937, publica una crítica de la corrida benéfica de Córdoba celebrada el domingo 28 de marzo. Estaba prevista para el primer domingo de ese mes, pero tuvo que retrasarse por la lluvia. No pudo ser otra la fecha y la ocasión elegida por el espía de Cambridge para visitar la ciudad.

"Oro viejo y plata pura". Así titula Quesada su crónica del festejo, organizado con el objetivo de recaudar fondos para el Auxilio de Invierno. El cartel lo conforman Pepe Flores, Zurito, Gallito chico y José Ignacio Sánchez Mejías, hijo de su llorado padre. Pero quien abre el festejo, como rejoneador, no es otro que Juan Belmonte, que desde febrero vivía en Sevilla: "Juan Belmonte rejonea al primero -escribe Quesada- haciendo filigranas y demostrando que es un gran caballista. Deja tres rejones. Echa pie a tierra, y hace una gran faena, propia de sus buenos tiempos. "Oro viejo", decían los buenos aficionados; y en efecto, Juan, con la muleta, recordó la calidad del tan preciado metal en su arte. Sobresalen unos pases de pecho formidables, otros molinetes, dominando, saliendo achuchado una vez. Otros pases muy cerca, hasta apoderarse de su enemigo. La inteligencia de Juan quedó, una vez más, ratificada. Pincha varias veces y deja media corta, descabellando. Una gran ovación para el trianero".

LA GUERRA CIVIL SE IMPONE

La experiencia española marcará un antes y un después en las vidas de Dos Passos y Philby. El segundo, visto su valor, comprobada su frialdad, recibirá el encargo de matar a Franco. Estará en España como corresponsal para The Times en la zona franquista. Sus crónicas serán complacientes, hará bien su papel. Casi muere en Teruel cuando un proyectil republicano impacta en su coche y mata a sus acompañantes. Es condecorado por Franco. Nunca pudo cumplir su fantasmal misión, que aún hoy supone un verdadero misterio. No hay certeza de que recibiera aquel encargo. Quizás fue una invención calculada.

Dos Passos vive la guerra de otra manera. Su amigo, traductor y cómplice, José Robles Pazos, simpatizante socialista, traductor de los rusos, es detenido en Valencia en diciembre de 1936 y desaparece. Es el mismo método utilizado por los comunistas con Andrés Nin, el líder incómodo del POUM, competencia troskista del comunismo de Stalin. En aquella Valencia, parafraseando al periodista malagueño Esteban Salazar Chapela, también se detiene, se fusila y se hacen desaparecer los cadáveres de gente sospechosa, o antipática. El comunismo impone su ausencia de escrúpulos. También la olvidada vedette Tina de Jarque, por mencionar otro ejemplo, muere entre brumas, checas, envidias y conspiraciones. Dos Passos recibe la noticia en abril de 1937, de nuevo en España, donde rueda un documental con Hemingway para difundir el drama que vive la República. Entonces busca a su amigo sin éxito, hace preguntas, se mete en líos. Ignacio Martínez de Pisón reconstruye lo ocurrido en su libro Enterrar a los muertos. Abandona el país y sigue la estela de tantos otros, de Koestler, de Orwell: ha sufrido el frío aliento soviético en su propia cara, ha respirado su halitosis de rencor y odio. Siente miedo y asco en Valencia.

Philby seguiría las consignas oficiales y acabaría su vida en Moscú, infiel a su mujer, alcoholizado y empequeñecido, perseguido por sus fantasmas, convertido en una sombra incómoda. El destino te alcanza allá donde vayas, y te aplasta con el peso imposible de la culpa. No hay suerte capaz de burlarlo. El puzle de sus vidas se cruzó en Córdoba. Y Juan Belmonte estaba allí.

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