Joaquín Pérez Azaústre. Escritor

"Me preocupa cómo están acabando con nuestro mundo"

  • El cordobés presenta esta tarde en Cajasur-Gran Capitán 'Los nadadores', una novela sobre la soledad, el desarraigo y la violencia silenciosa de las sociedades actuales, un relato de desapariciones y extravíos

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Una novela para un tiempo. Un relato sobre la soledad del hombre contemporáneo. Una disección de las hostilidades de una sociedad que perfila continuamente nuevas formas de violencia. Joaquín Pérez Azaústre presenta esta tarde en Córdoba (Cajasur-Gran Capitán, 20:00), acompañado por Jorge Herralde y Salvador Clotas, Los nadadores (Anagrama), una obra que está generando lecturas de muy diverso perfil, líneas de análisis que coinciden en la sugerente vertebración de un misterio que pide al lector que ponga de su parte.

-De sus anteriores novelas, marcadas por presencias y apariciones poderosas, ha pasado a una historia sobre ausencias y desapariciones. ¿Qué ha supuesto para usted este viraje?

-Los personajes de Los nadadores habitan el territorio de una pérdida. No hay aquí referentes literarios reconocibles ni paisaje cultural alguno. De hecho, la ciudad en la que transcurre la trama ni siquiera es nombrada, no se sabe en qué país está, si participa de una tradición anglosajona o mediterránea, sólo que es una ciudad moderna. Los personajes, que pertenecen al mundo de hoy, van nadando y viviendo no a contracorriente como decía Fitzgerald al final de El gran Gatsby sino a favor de la vida, dejándose un poco llevar en la inercia que no conduce a ninguna parte. Tratan de encontrar una especie de épica que tiene que ver con la amistad y el amor. Los dos personajes principales, Jonás y Sergio, van a nadar y de pronto descubren que la gente está empezando a desaparecer sin ninguna explicación aparente. Y aquí empieza el misterio como antesala del enigma de la propia existencia: por qué estamos aquí y por qué dejamos de estar.

-Es una novela de un gran caudal atmosférico, con texturas que remiten al género negro, un relato que puede provocar cierto desarme en el lector al conectar con sus más íntimas fragilidades...

-Los personajes desaparecen sin explicación y con una apariencia de normalidad que yo creo que es lo más amenazante de la novela. Esa atmósfera es fundamental porque la novela no quiere utilizar el yo narrativo para realizar una explicación divina de lo que sucede y por qué, sino darle al lector un margen de juego para que extraiga sus propias conclusiones. En este sentido, que la atmósfera de la novela tenga un punto angustioso, que se vaya extendiendo esa especie de epidemia de desapariciones mientras la vida sigue transcurriendo igual (sigue habiendo electricidad, siguen funcionando los teléfonos, la televisión, la radio…), genera una sensación de extrañeza y de amenaza muy latente que se hace corpórea. La sienten los personajes y, por las impresiones que he recabado, el lector también la hace suya. Todo esto tiene que ver con nuestra sociedad actual, tanta gente en la calle que resulta invisible para nosotros, y con alguna lectura sociopolítica que se ha hecho de la novela. Que todo transcurra con normalidad mientras la gente es invisible a nuestros ojos y desaparece le da a la novela esa atmósfera de desarraigo, de devastación y comodidad.

-El aguijón de la novela se configura a partir de una estrategia que manejaba muy bien Hitchcock y, en otra órbita, David Lynch: el surgimiento de lo insólito en el paisaje cotidiano.

-Para mí era muy importante la descripción de la normalidad de los personajes para hacer verosímil la aparición de lo enigmático. Sin un rudimento cotidiano, real, tangible, humano, de costumbre, la aparición del enigma no resultaría verosímil, y yo quería que lo fuera y que cuando la gente empieza a desaparecer el lector siguiera el mismo proceso lógico que cualquier persona seguiría si alguien de su entorno desapareciera. Esa descripción de la normalidad se basa en la rutina de los dos personajes cuando van a nadar: cómo se ponen las gafas y el gorro, cómo se secan con la toalla, cómo nada cada uno y cómo el estilo de natación de cada uno se convierte en una metáfora de su forma de estar en el mundo, cómo la piscina se convierte en analogía de la propia existencia de la ciudad, que se resume y se contiene en ella…

-Esa conjunción de elementos cotidianos y simbólico-metafóricos da la clave del andamiaje conceptual de la novela.

-Los nadadores se puede leer en varios niveles de significación, de igual forma que en la piscina se puede nadar de muchas maneras. Puedes nadar en la superficie de la piscina, puedes no meter casi la cabeza debajo del agua y nadar de manera horizontal, sin profundizar… Esta sería una forma de nadar la novela centrada en la trama. Pero puedes bucear un poco y meterte en ese conflicto interno del desánimo, el desarraigo, los personajes que van desapareciendo. O puedes profundizar absolutamente en la piscina y en la novela y nadar casi pegando el pecho al fondo de azulejos y darle a la novela una lectura existencial. La piscina funciona como alegoría no sólo de la ciudad sino de la propia existencia. Y da el juego que yo quería de dejar una distancia lo suficientemente amplia entre el texto y las posibles lecturas de cada uno. Ya no nos podemos creer al novelista como demiurgo que impone una realidad al lector: a éste hay que darle margen de movimiento para que extraiga sus conclusiones.

-Resulta pertinente hablar de novela existencialista: un existencialismo contemporáneo, el del siglo XXI, el mundo digital y la sociedad hipercomunicada.

-En la presentación en Cádiz de la novela se habló de la lectura generacional de Los nadadores respecto a la soledad. Se habló de un nuevo tipo de soledad, que no es escogida sino sobrevenida a la soledad de una sociedad inhóspita. Y una señora, inteligentemente, dijo que esa no sería una lectura generacional sino intergeneracional, porque nunca como ahora ha habido tanta gente sola y de distintas edades. Yo creo que hemos creado una sociedad asombrosamente bien comunicada y desde luego sorpresivamente solitaria. Una sociedad en la que parece que todos estamos pendientes de lo que nos sucede a todos pero creo que estamos cada vez más solos, y esto supone una demora en nuestro crecimiento intelectual y emocional como sociedad. La novela trata de reflejar esto.

-Los nadadores es una disección de los miedos contemporáneos en la que tienen un gran peso los elementos simbólicos. El personaje se llama Jonás y la novela no deja de tener cierto aire profético al señalar cosas que están pasando y que pueden venir…

-Sólo hace falta leer las noticias cada día. Cuando nada, Jonás ve unas sombras oscilantes que se mueven detrás de unas cristaleras que hay en la planta de arriba. Cuando está nadando con otra gente piensa que pueden ser los padres de los chavales que van allí a nadar, pero cuando está solo y sigue viéndolas le inquietan aún más. Sombras que se mueven y parece que interactúan entre sí…, y te da la sensación de que Jonás siente que alguien está moviendo los hilos de su vida por él, vigilando cómo nada, y él no deja de preguntarse por qué. Y de alguna manera estamos viviendo un tiempo en el que todos tratamos de nadar, de llegar no se sabe bien adónde… Nuestra generación no está nadando en mar abierto sino en una piscina en la que hay unas directrices muy marcadas: llegar a la pared, dar la patada y volver… Y hay unas sombras ahí arriba que pueden llamarse mercados o de otra forma, que continuamente nos están diciendo: esto no es así, es de esta forma, y ahora todo va a ir peor… Alguien que de alguna manera está moviendo nuestros mitos, alterando nuestros sueños, mermando nuestras capacidades, recortando nuestros derechos.

-Sombras opresivas que también pueden interpretarse como la proyección de algo interno: un miedo, un desvelo, una desesperanza, una falta de fe.

-Sin duda. En la novela hay una atmósfera opresiva que se materializa muy bien en la imagen de la portada. Hay aquí una mezcla de miedos personales y un miedo generacional, histórico, una situación realmente dura en la que lo único que nos queda es resistir pero siempre extenuados.

-En el caudal simbólico de la novela hay dos referentes fundamentales: la piscina como ámbito de exploración, descubrimiento, recogimiento, expansión…, y la fotografía como forma de diálogo con el mundo.

-Son distintas maneras de mirar la realidad: Jonás mira la realidad a través de su cámara, y está obsesionado con que su faceta creativa se vierta en la plasmación de escenarios que están a punto de ser abandonados por sus protagonistas. Hubo una época en la que fotografió espacios abandonados y ahora quiere recoger el momento previo al abandono: él quiere fotografiar lo que está sucediendo en su vida pero no lo sabe aún. Es un fotógrafo instintivo y se deja llevar por ese instinto a la hora de buscar nuevas maneras de nombrar su entorno.

-Estamos ante una historia no cerrada, de carácter líquido, con una carga no pequeña de ambigüedad y un cierto aire jazzístico. Contrasta con los usos de una época en la que abundan los relatos cerrados y explicativos.

-Nunca he querido hacer novela social, aunque la respeto y la disfruto como lector, pero sí creo que un escritor ha de permanecer atento a la escucha del latido del tiempo en el que vive. Y si algo caracteriza a nuestro tiempo es el descreimiento absoluto de cualquier predicamento, y eso incluye la literatura y la voz de un narrador. Yo quiero exponerle una realidad al lector y que él extraiga conclusiones. Vivimos en una época en la que ya no nos creemos algo, cuando tratan de vendernos algo partimos de la base de que nos están engañando, y en novela se corre este riesgo. No quiero que el lector piense que le estoy engañando, quiero darle una exposición de motivos y que él sienta y perciba lo que su sensibilidad le lleve a sentir y a pensar. Y para eso es fundamental que entre el texto escrito y la lectura de cualquiera haya un espacio lo bastante ancho para que el lector pueda extraer su propia conclusión. Dejar este margen, con un final que está dispuesto para que el lector ponga el último punto y la última explicación, es algo que me ha motivado muchísimo.

-En la novela hay un descenso a los infiernos, un recorrido mayoritariamente terrenal y también algo que resulta una elevación: el refugio en la creación quizá como única fe.

-La creación y el recuerdo de lo que se tuvo y lo que se perdió. Yo presento un personaje, Jonás, que emocionalmente está roto, vacío, solo, pero no nació así, no vino así al mundo. Lo importante es saber que esta soledad que nos hiere y nos agota y nos achica es sobrevenida, nos viene dispuesta por una sociedad opresiva: no nacemos con ella. Para Jonás, su refugio es la memoria convertida en una reivindicación de su pasado, un material emocional cálido que le puede abrigar y salvar un poco.

-Una novela con un componente violento notable, pero es una violencia silenciosa, ambiental, un poco a la manera del cine de Michael Haneke.

-Hay un tipo de soledad inhóspita que es violenta, y puede no haber nada más violento que una calle vacía. Los personajes de la novela están solos, desestructurados, y cuando empiezan las desapariciones en un contexto de normalidad, éste toma cuerpo como amenaza latente, atmosférica, invisible pero tangible. El encontronazo con una soledad seca con apariencia de normalidad es violento. Creo que vivimos en una sociedad violenta, una sociedad en la que podemos permanecer impasibles ante el dolor ajeno de seres que están tirados en la calle.

-¿Para cuándo un rescate espiritual?

-El rescate espiritual tiene que empezar por uno mismo porque nuestros dirigentes políticos no nos van a ayudar. Yo soy deportista desde que tenía doce años y si algo he aprendido es que no se puede salir a jugar un partido pensando que lo vas a perder. Hay que salir pensado que vamos a dar lo mejor de nosotros mismos y de la mejor manera. Estoy radicalmente en contra de esta actitud de pesimismo ambiental que nos viene impuesta de manera política-gubernamental. También esto es una violencia ambiental. Tenemos que mirar al horizonte con optimismo, ser soñadores hoy más que nunca, ser más que nunca guerreros de la espiritualidad, del arte, de la belleza, de la autenticidad, y cada vez que salga en la televisión un tío feo con barba canosa y mirada triste y cara de San Bernardo diciéndonos que las cosas están muy mal, tenemos que creer que podemos mejorarlas. Tenemos que salir a ganar este partido.

-¿La literatura puede contribuir a superar este desafío?

-Yo decía cuando era mucho más joven que la poesía puede salvar el mundo. Quizá ya no lo diga en unos términos tan maximalistas pero en el fondo lo sigo creyendo. La cultura está ahí para ampararnos, los libros son el territorio que nunca nos abandona: viaja con nosotros, no tenemos que vivir en él, él vive en nosotros, nos acompaña, es un equipaje ligero, y desde luego nos hace más libres y respirar con mayor hondura. Estamos en un momento en el que tenemos que redoblar nuestra fe en el humanismo como verdad vital, como ideología que transgrede y supera a todas las ideologías.

-¿Hacia dónde va su literatura?

-Hacia una observación permanente, dura y compasiva al mismo tiempo, de la realidad en que vivimos: cuánto hay de enigmático, de sueño, de derrota, de claudicación, de fragilidad, de fatalidad, de abuso de poder en el mundo que hemos construido. Me preocupa cómo están acabando con nuestro mundo. La literatura tiene la pequeña pero no minúscula facultad de dar un puñetazo en la mesa.

-Y esta noche, cita en su ciudad. ¿Cómo se lleva con Córdoba?

-Creo que mi relación es buena. Estoy feliz de que Jorge Herralde y Salvador Clotas vengan a Córdoba a presentar la novela. Es gente a la que quiero y a la que ofrezco la mejor versión de la ciudad que amo. Con el tiempo todos nos reconciliamos con nuestro pasado y lo bueno de abandonar la juventud es que nos hacemos más comprensivos. Cada vez comprendo y quiero más a mi ciudad y la echo más de menos cuando estoy fuera.

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