"La poesía debe tener emoción; si no, se queda en un juego del intelecto"

  • La escritora cacereña obtuvo el Premio Ricardo Molina por el poemario 'Esto no es el silencio'

Ada Salas (Cáceres, 1965) posee también el Premio Juan Manuel Rozas de Poesía 1988 y el IX Premio de Poesía Hiperión 1994. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura, ha publicado libros como La sed, Poesía española reciente y La otra joven poesía española.

-El jurado destacó en el fallo del premio el ritmo y la gravedad expresiva, para usted, ¿cómo es este poemario?

-Lo definiría como el documento de un viaje de indagación hacia unas partes del yo que están presentes pero a la vez ocultas; buena parte de las cuales tienen que ver con el dolor, pero no siempre negativo, y a éstas sólo se accede a través de la escritura. El poemario es un viaje intenso, muy hondo. Curiosamente fue un proceso de los más cortos que he tenido, alrededor de ocho meses, cuando yo normalmente me llevo años para escribir un libro. Este libro salió bastante arrebatado, había semanas que incluso salía un poema a diario. Ha sido muy especial, porque si normalmente escribo desde las entrañas, en éste todavía más. El intelecto ha estado más al margen. Ha venido arrastrando un ritmo corto que me recordaba a Jorge Manrique y esto unido a que era muy sensitivo, muy de los bajos. Salió muy limpiamente, además.

-Es un libro en el que tiene mucho peso el dolor, pero ¿qué tipo de dolor se advierte?

-Es un dolor que tiene que ver con el vértigo de estar vivo y con un sentimiento de vulnerabilidad, de orfandad, que también tiene que ver con la toma de conciencia de que te haces mayor, y eso me hace ver la vida de otra manera. No es una elegía, sino un sentimiento de que estamos expuestos a todas las heridas de la vida, es la toma de conciencia de lo que es el ser humano, que es débil.

-Escribiendo un poemario sobre el dolor, ¿se sufre?

-Sí y no. Para mí la escritura es una experiencia muy fuerte de la conciencia. A su vez me lleva a tomar conciencia que cómo estamos expuestos y de lo que conlleva ser hombre, ser mujer. Pero yo tengo bastante separado esto de la vida. En realidad soy feliz, tengo una vida plena, no me quejo de lo que la vida me ha dado... Lo que ocurre es que se me abren otros conductos cuando escribo y no les cierro la puerta. Cuando termino de escribir cierro la carpeta y en la vida cotidiana es otra historia. Me voy a buscar a mi hija al colegio tan contenta.

-Otro rasgo del poemario que destacó el jurado fue el de la emoción patente en los versos. Hoy en día hay muchos experimentos con la poesía, pero usted, ¿la concibe sin emoción?

-No. Lo que no me emociona no me interesa. Un poeta cuando escribe si peca de algo es de ser demasiado hombre y lo que caracteriza al ser humano es el pensamiento y la emoción. Tiene que haber mucho de eso en la poesía. Si no, se queda en un simple juego del intelecto. Yo escribo igual que leo; procuro hacer cosas que se parezcan a lo que me gusta. Mis poemas sí creo que son emocionantes, de hecho, yo misma lloro escribiéndolos.

-¿Cuáles son los temas que siempre le provocarían un poema?

-Es que nunca voy al texto sabiendo de qué voy a escribir; es extraña esta manera que tengo de hacerlo. Mi sistema de trabajo consiste en que voy a que el poema se escriba. Lo que yo creo al principio es una especie de vacío, es la fase más dura, es quitarme a mí de en medio y de repente el poema me sorprende, me encuentro escribiendo sobre una experiencia de mi infancia, por ejemplo, y no sé por qué.

-Entonces en este proceso de creación, ¿qué peso juega el trabajo y qué peso el impulso?

-El trabajo acompaña siempre al poeta de por vida. Su relación con las palabras, con el lenguaje, es especial. Su trabajo es leer, leer y leer. Eso para siempre. Pero sin el impulso no habría poema. Además yo corrijo poco, pulo poco los poemas, porque creo que si un poema nace de pie es que nace de pie, y si no se va a la basura. Yo nunca estoy lejos de la poesía. Los libros van conmigo y mis poetas son como mi otra familia.

-Usted ha escrito sobre esto. ¿Qué características tiene, según su experiencia, la poesía joven de la actualidad?

-Creo que está dando bastantes tumbos. Es cierta manera sufrimos una crisis de pérdida de referentes. En otras generaciones tenían poetas más mayores que les han servido de guías, como Aleixandre. Los más jóvenes no tienen ahora eso, hemos estado un poco perdidos, porque la generación anterior no ha ejercido ese magisterio. Yo tuve la suerte de tener a José Ángel Valente, que fue mi maestro, aunque lo conocí tarde. Se ha muerto él y otros como Claudio Rodríguez, que era también un gran poeta, y nos hemos quedado al pairo. Las mujeres estamos haciendo una labor de rescate de poetas que han quedado en el olvido, pero en general veo el panorama muy disperso. Hay cosas interesantes y otras que no lo son. Supongo que hace falta mucho tiempo todavía para ver cómo es la poesía del siglo XXI, pero sí sé que está muy viva. Goza de buena salud.

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