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"Ya nadie entiende que alguien no quiera ser ni rico ni famoso"

  • Berta Vias Mahou se acerca en 'Una vida prestada' al misterio de Vivian Maier, la gran fotógrafa que, hasta hace pocos años, no había existido para casi nadie

Berta Vias Mahou (Madrid, 1961) recrea la vida de Vivian Maier en su nueva novela. Berta Vias Mahou (Madrid, 1961) recrea la vida de Vivian Maier en su nueva novela.

Berta Vias Mahou (Madrid, 1961) recrea la vida de Vivian Maier en su nueva novela. / juan carlos muñoz

"No puede ser verdad, esta persona se la ha inventado alguien, esta historia es demasiado perfecta, como las de La Cenicienta o El patito feo", pensó Berta Vias Mahou mientras veía el documental Buscando a Vivian Maier (2013). Pero resulta que sí, que existió aquella mujer nacida en los Alpes franceses, con raíces alemanas, que emigró muy joven a Estados Unidos y se ganó la vida haciendo de niñera a cambio de una cama y una habitación en casas de extraños, y que además, mientras tanto, aprovechando las incansables caminatas por Nueva York y sobre todo por Chicago, muchas veces de la mano de sus niños mudables como las hojas del calendario, siempre colgando del cuello su ya legendaria Rolleiflex (que le permitía una determinante discreción), hizo extraordinarias y penetrantes fotografías de escenas de la gente en la calle y autorretratos bellísimos y cargados de misterio, centenares, miles, decenas de miles, pero jamás enseñó esas imágenes, ni una sola, y fue acumulando los negativos, enterrándose en ellos hasta que se jubiló, su salud se quebró y ella se convirtió en una anciana excéntrica en el filo de la indigencia, y todo ese ingente material quedó arrumbado y olvidado en los trasteros de varias familias para las que había trabajado.

De ese hilo empezó a tirar John Maloof, un joven historiador del arte que compró muchos de esos lotes anónimos de negativos en una subasta al peso. Maloof acabaría percatándose pronto de que lo que había comprado no era una mera curiosidad, ni unas entrañables escenas callejeras de Chicago con aire vintage, sino los frutos insólitamente maduros de una mirada de formidable potencia, tan dotada para la belleza como para la crudeza, y que compendiaba lo mejor, lo más noble, lo más propio de la gran tradición de la fotografía americana del siglo XX. Esa historia quedó ya contada, y muy bien, en el citado documental -que el propio Maloof codirige-, pero hoy, pese a que a Vivian Maier se la han dedicado decenas de exposiciones por todo el mundo y su obra cuenta con la Bendición de la Institución-Arte, de ella se sigue sabiendo lo mismo: poco, casi nada, un manojo de fechas, datos y semblanzas al vuelo e inevitablemente parciales (casi todos ajenos, de antiguos niños de las casas por las que fue pasando, y en ocasiones muy contradictorios), pero ni rastro de documentos que revelen la encarnadura íntima de la artista, que al fallecer en 2009, a los 83 años, se llevó consigo las respuestas a los misterios que siguen rodeando a su obra y su vida. ¿Por qué no mostró jamás sus fotografías? ¿Era consciente del valor de su trabajo o la llevó a cabo sin mayores pretensiones? ¿Quién fue, realmente, Vivian Maier, aparte de una enorme fotógrafa y una señora extraña, entre monja de paisano e institutriz gótica, para todos los vecindarios que conoció?

"Separar tu sustento de tu arte para tener una libertad absoluta no es de persona loca, sino más bien muy lúcida"

En su nueva novela, llamada no en vano Una vida prestada (Lumen), Vias Mahou (Madrid, 1961), escritora y traductora, trata de meterse "en el pellejo" de Maier. "Me lo propuso mi editora, Silvia Querini, e incluso dándome ella libertad absoluta, yo no lo veía claro", confiesa: "Tenía cierta reticencia por lo famosa que era. Y es verdad que yo he escrito sobre Camus [se refiere a la novela Venían a buscarlo a él], pero la fama de Maier era demasiado reciente. Al final di cuenta de las posibilidades que tenía y me convencí. No hay mucha información sobre ella, es cierto, pero precisamente en esos huecos estaba el reto para una novelista. He intentado reconstruir un posible carácter de ella", dice la autora, a la que le interesaba sobremanera entender -o tratar de explicar- "por qué no quiso enseñar sus fotografías". "Me llama mucho la atención que eso genere tanta incomprensión. A mí me pasa al revés, es decir, que yo la entiendo. A lo mejor porque me siento cerca de autores a los que he leído siempre, y que no eran muy aficionados al éxito, como Kafka o Robert Walser. Hoy ya nadie entiende que alguien no quiera ser ni rico ni famoso, y si eso desconcierta tanto es porque se olvida, seguramente, y esto se lo hago decir a Vivian Maier en la novela, que los mejores momentos de la vida no son precisamente esos en los que te están dando palmaditas en la espalda porque eres muy bueno, sino aquellos en los que estás haciendo eso, lo que sea, lo que te gusta, con una dedicación tal que te olvidas del mundo y de ti mismo. Eso es lo que cuenta".

"Estoy en contra de esa imagen paternalista de 'oh pobrecita niñera, hizo todas estas fotos y ni siquiera sabía lo buenas que eran'", continúa la escritora. "Tendría que haberlo dicho o escrito ella, pero yo sospecho que no había ni trauma de infancia ni trastorno mental; sencillamente, el mundo artístico no le atrajo, por eso en la novela se describe como un mundo corrupto, una charca pútrida. Ella no quiere meterse en ese juego del mercadeo, de exponerse. Existen algunas grabaciones en las que sale hablando, y parece que era una persona con sentido del humor, con opiniones muy radicales, yo creo que fue una joven con las ideas muy claras que luchó por tener una vida muy independiente y separó su sustento de su arte para poder tener toda la libertad. Y eso no es de locos, sino de persona muy lúcida". "Es más, yo creo que ella sí era muy consciente de lo que estaba haciendo y que cuando guardó todas sus cosas con ese celo sin duda no lo estaba haciendo porque tuviera un síndrome de Diógenes o estuviera como una cabra, sino porque veía que era un material valioso. ¡Lo estaba guardando como si fuera un tesoro! De alguna manera dejó la puerta abierta, pero es difícil saberlo con certeza, claro -admite la autora-. Ella confió en la suerte, tal vez, y la suerte le ha dado la razón".

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