La momia se traslada a las olimpiadas

La Momia -así, en singular y con mayúscula, como nombre propio- entró en la literatura fantástica o terrorífica por efecto del impacto que provocaron las publicaciones de libros y grabados, investigaciones y acarreo de obras de arte tras las campañas de Napoleón en Egipto que dieron lugar a la egiptología. Así no es de extrañar que por una vez -a diferencia de lo que sucede con los padres literarios de Frankenstein o Drácula- fuera francés, y no inglés, el autor de la primera novela significativa a ella dedicada. Se trata de Teophile Gautier quien, con La novela de una momia, dio en 1858 lustre literario a los relatos protagonizados por la reseca criatura.

Desde este punto de partida, más próximo a la novela histórica y a la fantasía poética que al terror, hasta la reciente La momia o Ramsés el condenado de Anne Rice, pasando por las pioneras Perdido en la pirámide: la maldición de la momia de Louise May Alcott (1869), la fundamental El lote número 249 de Conan Doyle (1892) o La joya de las siete estrellas de Bram Stoker (1903), la Momia se fue convirtiendo en un personaje terrorífico y vengativo, una especie de fantasma vendado de alguien que murió con cuentas pendientes, de enjuto guardián de secretos que no deben violarse, de amojamado Romeo dispuesto a saltar milenios para apoderarse de una bella reencarnación de su Julieta y cargarse a quien se oponga a su pasión.

El esquema tradicional se ordena a partir del descubrimiento de una tumba real que sirve de lazo entre dos historias paralelas separadas por miles de años sobre los que algo o alguien salta… Porque el amor es más fuerte que la muerte; y el odio aún más.

La interpretación que Boris Karloff hizo del personaje en 1932 y la de Christopher Lee en 1959 -dirigidas por Karl Freund y Terence Fisher- quedan como las referencias cinematográficas clásicas. Su resurrección en 1999 con la película que inició la trilogía que completa la que hoy comentamos no ha añadido nada al personaje ni al tema; más bien les ha restado, al derivar hacia el humor aventurero-arqueológico puesto de moda por Indiana Jones, de cuya saga ésta es tan pobre imitación como Brendan Fraser lo pueda ser de Harrison Ford.

Y eso que esta tercera entrega, dirigida por el macarra Rob Cohen (A todo gas), es la más animada de las tres. Lo de animada es literal porque todo lo que en ella se deja ver es animación virtual (¡qué desperdicio, el de revivir los guerreros de Xian para meterlos en esta zarabanda absurda!).

El resto -guión disparatado, interpretaciones lamentables, descarado cruce entre parque temático y videojuego que ignora el cine- no merece ni tan siquiera comentarse. Lo de llevarse las aventuras de Egipto a China por aquello de la coincidencia con los juegos olímpicos y la moda de lo chino representa bien el torpe oportunismo que guía a los urdidores de esta cosa proyectada.

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