La memoria y los afectos

  • Amelia Pérez de Villar estudia en un libro publicado por Fórcola Ediciones la correspondencia privada entre Dickens y María Beadnell, su primer amor.

Poco después de cumplir la mayoría de edad, Charles Dickens (1812-1870) dio dos pasos fundamentales que marcarían su personalidad y su universo creativo: consiguió el carnet de lector de la Biblioteca Nacional y conoció a María Beadnell, su primer amor y con los años su pasión clandestina. Los Beadnell simbolizaban la estabilidad social que el escritor, de infancia agitada por la incertidumbre económica familiar, anheló siempre y María era la menor de las hermanas, una de las cuales se casaría con Henry Kolle, uno de los mejores amigos de Dickens. El joven aprendiz a escritor, en aquellos años un atractivo corresponsal en el Parlamento, protagonizó una tragedia clásica, tantas veces repetida a lo largo de la vida y la literatura: los padres de la chica no aprobaron la relación ante la falta de prosperidad del joven Charles y, entre otoño de 1831 y principios de 1833, enviaron a su hija a París para que continuara sus estudios con la intención de que la distancia propiciara el olvido.

Quizás por coquetería y puro divertimento, María disfrutó con el intercambio de misivas confidentes y encuentros clandestinos. Sin embargo, tras la petición de matrimonio que recibió por carta, la joven debió sucumbir a la oposición de sus padres o, simplemente, se cansó del flirteo y rechazó la propuesta. Decisión con la que Dickens daría por finalizado el compromiso como se recoge en la carta fechada el 18 de marzo de 1833. "Crea que nada me causaría mayor contento, ni más verdadero, que saber que usted, el objeto de mi primer y último amor, es dichosa". Aunque aún retomaría el contacto en los días previos al enlace de Kolle con Anne Beadnell, el 19 de mayo de 1833: "Nunca he amado y nunca podré amar a ninguna criatura que vive y respira como la amo a usted. Hemos tenido muchas diferencias, y en los últimos tiempos hemos estado totalmente separados".

Estas cartas, dos del puñado que se conservan entre el escritor y su amada, ven la luz por primera vez en español gracias al trabajo de traducción y estudio de la filóloga Amelia Pérez de Villar (Madrid, 1964) en el joven sello Fórcola Ediciones, que bajo el título Dickens enamorado rescata del olvido estas misivas que se publicaron por vez primera en 1908, en una edición limitada en la Sociedad Bibliófila de Boston a cargo de George P. Baker.

Las cartas que Dickens intercambió con la menor de los Beadnell, explica Pérez de Villar, atestiguan que "su hiperactividad constante, su insastisfacción proverbial y la inquietud que lo definía en todos los aspectos de su caracter llegó también al terreno de los afectos y las pasiones". Aunque el autor de Oliver Twist no dejó autobiografía alguna -empezó a escribirla y la quemó al poco, acaso intimidado por la propia dimensión de sus recuerdos- la correspondencia mantenida con su amada y con Kolle, que sirvió de intermediario y correo clandestino con la joven, pone en valor una relación oscurecida en los diferentes retratos y biografías que se han escrito sobre la figura de Dickens. Peter Ackroyd, penúltimo biógrafo canónico del universal escritor, define a María como "una chifladura", al tiempo que nos recuerda su saldo negativo: era 15 meses mayor que él, "más bien bajita (...) una de esas bellezas que no tardan en marchitarse a la vuelta de unos pocos años". Con todo, estas cartas constatan, según Pérez de Villar, que el autor de Casa desolada se inspiró en su arrebatada pasión juvenil para trazar los destinos de Copperfield y Dora.

Dickens, sentimental irredento, pasó algún tiempo idealizando su historia de amor con María hasta que se casó con Catherine Hogarth, madre de sus 10 hijos, cumpliendo con otro de sus objetivos vitales. También a ella le escribió cartas de amor pero carecen, según Pérez de Villar, "del fervor de las que envió a Beadnell". Fue feliz durante unos años hasta que apareció el desencanto... y, convertido ya en un autor de éxito, se cruzó de nuevo en su camino María, entonces señora Winter. Veinticuatro años después de la primera vez, así le escribe Dickens, en respuesta a una carta previa, el 10 de febrero de 1855: "Su carta me emociona más aún porque la asocio con aquel estado primaveral en el que fui mucho más sabio, o mucho más loco de lo que soy ahora (...) Me encantará tener una larga charla con usted y me llenará de gozo verla después de tanto tiempo". En la madurez, cuando se produce el segundo cruce de cartas entre Beadnell y Dickens ella le inspira la Flora Finching de La pequeña Dorrit, es decir, "algo entrada en carnes, glotona, dada a beber un poco de más y aquejada de incontinencia verbal", a decir de la descripción que hace Amelia Pérez de Villar en su libro. Y sobre todo, cree la autora, el rechazo inicial de María fue el acicate para lanzarse a la conquista del mundo, para convertirse en el autor universal que fue, y que, 200 años después de su nacimiento, es.

Cerrado el capítulo con Beadnell, éste no sería el último. Cuando a los 45 años decidió aprovechar la recién aprobada ley de divorcio en 1857, en el contexto de la Inglaterra victoriana, para romper su matrimonio con Catherine Hogarth, el escritor pasó los últimos 13 años de su vida amando de manera intermitente a Nelly Ternan, una joven actriz y "la mujer invisible para todos", según Pérez de Villar. "Durante muchos años se miró mal a todo el que sugiriera que había existido un romance entre ellos. La familia del escritor trató de proteger su reputación, al igual que sus amigos más cercanos".

Algunos textos no demasiado fundamentados, cuentan que Dickens se desvaneció en los brazos de Nelly. El escritor murió de un derrame cerebral el 9 de junio de 1870, llevándose consigo sus secretos y la memoria de sus afectos.

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