Una intriga napoleónica

  • Funambulista publica 'Suspense', la última novela de Conrad

Este año, coincidiendo con el bicentenario de la Guerra de la Independencia, se han publicado abundantes obras relacionadas con el Gran Corso. Sin ir muy lejos, las dos biografías de Stendhal, y las memorias de Madame de Staël, donde la ominosa presencia de Napoleón, y el desprecio inveterado que la escritora le profesa, cruzan toda las páginas y abruman sus recuerdos de dama itinerante y genio desterrado. Ahora es Funambulista quien publica Suspense de Conrad, última obra del autor anglo-polaco, y cuya falta de traducción al español quizá se deba a su carácter de novela inacabada, pues Conrad murió en 1924 con el inicio de esta vagorosa historia de espionaje, de conspiraciones junto a la isla de Elba, apenas en sus primeros capítulos.

Según se explica en el prólogo de Alfonso Barguñó, la crítica del momento no recibió muy bien este Suspense, calificándola de obra menor dentro de la dilatada y excelente bibliografía de Conrad. Así, se la habría calificado de novela clásica, demasiado cercana al folletín, cuando los logros del escritor habían sido traernos la modernidad, el horror moderno y la soledad humanas, en novelas como El corazón de las tinieblas o Nostromo. Teniendo en cuenta lo inacabado del empeño, y la sutil historia de amor aquí tratada (Conrad jamás escribió sobre este tema, tan vago como espinoso), pudiéramos decir que los críticos fueron más críticos que piadosos en esta última requisitoria. Y ello, cuando el señor Konrad Korzeniowski se había aventurado ya en la tiniebla sin fin, en el ancho y desapacible mar de los muertos. Sea como fuere, Suspense nos recuerda la inescrutable intriga de Balzac en Un asunto tenebroso, donde los actuantes son movidos por gigantescas fuerzas y secretos de Estado en la Francia post-revolucionaria. En Suspense, no obstante, es el ocio viajero de un muchacho inglés quien se ve sorprendido en Génova, frente al Mediterráneo, en un mundo fantasmal de inmovilidad y espera, donde todos parecen aguardar un movimiento, una señal, un crimen, algo que acabe con Napoleón o le devuelva la gloria de los césares. Allí, en esa bahía mortecina, ferozmente agitada por los rumores, el protagonista de Suspense habrá encontrado no sólo el amor; también una forma inesperada de heroísmo. Todo ocurre, sin embargo, a la luz convaleciente y ambarina de un cuadro de Lorena. En cuanto al desenlace, sólo Conrad sabe en qué paró esta demorada historia del poder y su espejismo.

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