Una franquicia juguetera

Leemos en su cartel promocional que la película Mr. Magorium y su tienda mágica está "inspirada en las tiendas Imaginarium", ya saben, esas jugueterías de diseño con dos puertas azules de entrada, una para adultos, de tamaño estándar, y otra más pequeña para las criaturas, situada justo al lado. Original y amable manera de vender plástico que esconde toda una simbología sobre la infancia y sus puertas de acceso a la fantasía.

Las sinergias empresariales de nuestro tiempo han convertido el cine en un producto más de una larga cadena de ventas. Es así como hay que entender la existencia de un filme como Mr. Magorium, enésima variante del cuento navideño con mensaje ("si quieres, puedes; busca tu magia interior, saca el niño que hay en ti, etc.") para públicos familiares dispuestos a pasar por caja, incluso dos veces.

Hay que agradecer, al menos, que la apuesta fantástica no presente demasiadas coartadas y entre a matar sin muchos rodeos, a saber, sin coartadas realistas más allá de la voluntad de entretener a costa de la regresión, el algodón dulce y el juego pactado.

Infantilizados ya desde el minuto uno, entramos en la tienda de Mr. Magorium (un Dustin Hoffman peterpanesco al que todavía parecen quedarle tics y muecas de los días de Rain man) a sabiendas de lo que nos espera: una historia blanca con moraleja y regusto de fábula contemporánea que nos pide a gritos, entre estallidos de color y efectos especiales a pequeña escala, entrar por la puerta pequeña.

Una Natalie Portman abducida por el espíritu cándido de la propuesta, esconde sus dientes (que los tiene, esperen a ver su corto con Wes Anderson, Hotel Chevalier) y nos enseña su chispa, su despejada frente y una colección de peinados en corto poco afortunados. Quienes sí que han sabido insuflar al asunto toda su esencia iconoclasta y desbordante son los compositores Alexandre Desplat y Aaron Zigman, quienes, al alimón, se despachan una de las mejores y más divertidas bandas sonoras de la temporada. La Portman sólo tiene que mover los dedos para que suene la música.

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