Te doy mis ojos (y no me los devuelvas)

Ingenuos que somos a veces, teníamos depositadas ciertas esperanzas en este enésimo remake norteamericano de una cinta de terror oriental (en este caso, de The eye, filme de Hong Kong dirigido por los hermanos Oxide y Danny Pang). A saber, sus nuevos directores, los franceses Xavier Palud y David Moreau, sorprendían a propios y extraños hace ahora un par de años con la inopinada coherencia e intensidad terrorífica de Ellos (Ils), una cinta de pocos medios y muchos miedos que hizo del trabajo sobre el punto de vista y un poco frecuentado rigor formal toda una fiesta de estímulos para los aficionados al género.

Ingenuos que somos a veces, pensábamos que la visita a Hollywood de estos interesantes realizadores podía saldarse con algún tipo de agradable sorpresa a la hora de perpetrar la versión para todos los públicos de la enésima historia de fantasmas asiáticos que tanto parecen gustar a las audiencias juveniles actuales.

Inevitablemente, el talento de Palud y Moreau queda aquí sepultado, aunque visible en ocasiones, por las dictaduras de una maquinaria de producción estándar y un guión que no puede eludir la tentación de los trucos, los golpes de efecto y los retruécanos que apartan la historia de unas mínimas coordenadas de sugestiva coherencia.

Aun así, como decíamos, lo mejor de The eye (Visiones) reside en su primer tercio, en el que es precisamente el juego con el punto de vista subjetivo de la protagonista (una violinista ciega a la que Jessica Alba presta la percha escultural y poco más) lo que nos mantiene atados a una historia de apariciones siniestras y borrosas a través de los ojos prestados de una donante que sufrió de lo suyo antes de regalárselos a la ciencia (¿?).

Superada esa primera e interesante fase de tanteo, en la que Moreau y Palud dejan algunas muestras de su buen gusto en la composición de los planos, el juego con los desenfoques o la creación de atmósferas de terror no demasiado artificiosas, The eye (Visiones) se desboca por el inevitable y cansino camino de las repeticiones, los sustos acumulados y gratuitos, las explicaciones poco consistentes y un espectacular fin de fiesta-mascletá que, para desgracia del auditorio, nos devuelve a nuestra rígida Jessica a los escenarios violín al cuello.

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