Los dioses del toreo

  • Manuel Benítez 'El Cordobés' no se asustaba de nada y la multitud le parecía esplendorosa

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Los dioses en ocasiones se ponen una chaqueta y salen a pasear, a solazarse, a dejarse querer. Son dioses hermosos o feos, depende del ímpetu que la naturaleza le haya puesto al asunto. Pero los dioses, en su esplendor, en la cima de su poder -ya vendrá Zeus a quitarle el trono a Cronos- siempre son resplandecientes. Al dios mundano de la imagen se le ha quedado la calle pequeña y se ha tenido que subir a un coche para que la multitud pueda contemplarlo. La gente le aplaude, le señala, alzan un paraguas pensando quizá que es un rey mago y va a echar caramelos, y él, el dios triunfante, les devuelve el saludo y se ríe, y enseña sus dientes que son puñados de ajos escondidos tras la quijada. Claro que antes de subirse encima del coche se han embadurnado el traje de luces con sangre de toro, que es un color que queda muy bien en los interiores de las fincas andaluzas que salen en las revistas de decoración.

También se han dejado hacer unos agujeros en los muslos que normalmente tienen veinte centímetros pa arriba y quince pa bajo. Como colofón se dejan cortar la cara con un cuerno para que todo el mundo sepa cuando los vea que son dioses. Una vez conseguidas estas cosas con sus correspondientes partes médicos y sus pronósticos reservados, puede uno salir a la calle, proclamarse divino y subirse encima de un cuatro caballos que era un vehículo de cuatro ruedas que daba coces de humo.

El peor problema al que se enfrentan los dioses es el de la eternidad. No se vayan a creer que uno asciende a la consideración de inmortal y ya se queda ahí. Nada de eso.

La culpa la tienen unos señores muy antipáticos y con mucha caspa que van vestidos de sota de bastos y se dedican a dar porrazos a los dioses, los cuales, pobreticos, no andan muy bien de equilibrio y por eso se caen cada dos por tres. A mí lo de ser dios siempre me ha dado mucho susto precisamente por los de la sota de bastos.

Otros, como este Manuel Benítez de la fotografía, no se asustaban de nada y la multitud les parecía esplendorosa y a los de la sota de bastos no les hacía ni caso. Posiblemente porque la deidad va implícita en lo de ser torero, con esos chándales ajustados recubiertos de oro, les otorga un plus de condescendencia. Nuestro deporte-pecado nacional es el acoso y derribo de dioses. Pero... ¿quién encumbra y derriba a los dioses?

Eso es facilísimo de responder: decía Wenceslao Fernández Florez, uno de los grandes humoristas de La Codorniz, que en cierta ocasión y sin venir a cuento un espectador de la plaza de toros de La Coruña se levantó de su asiento y gritó "¡No!" cuando nada ocurría en el ruedo. Toda la plaza acabó finalmente levantándose y gritando "¡No! ¡No!", sin saber por qué. La lidia se paró ante la protesta, hasta que el mismo señor que había gritado "¡No!" rompió de pronto a aplaudir, también sin venir a cuento, y el resto de la plaza le siguió. Ese es el origen y el final de lo divino.

Pónganle luego nombre a los dioses: Luis Aragonés, Manolete, El Cordobés, Mazinger Z... Es por ello que mañana vuelve tras sus cornada a los ruedos en Santander un dios o un endiosado, según lo juzgue la sota de bastos o la de oros.

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