Crítica de Musical

Ya está bien de bailar sin rozarse

Una imagen de 'Dirty Dancing'. Una imagen de 'Dirty Dancing'.

Una imagen de 'Dirty Dancing'. / josé martínez

El paso de Dirty Dancing por el Gran Teatro deja sabor a cuento de hadas: una cándida plebeya se va de vacaciones a un inesperado encuentro con el "viva la vida". Amor, sexo, baile, lascividad, fiestas..., decepciones, dificultades, frustraciones… y vence el amor tras encontrar un príncipe danzarín. ¿Ya está? No, por suerte hay algo mas. Pero hay que buscarlo más allá de la primera línea encarnada por la aparente superficialidad y la diversión.

La dualidad de este montaje, esa posibilidad de ver solo un recubrimiento idílico con final de banquete perdicero, o la otra de entrar en la ardiente piel de lo que realmente se cuenta, permite dos visiones de una misma obra, al gusto de la mirada que lo atisba, de sus ganas de discurrir, de si se vino a pensar o a huir. Lo común es recordar los bailes, el ambiente de tensión sexual, la rebeldía…, pero no tanto profundizar en esa mirada femenina a la que nadie estaba acostumbrado en las pelis de la época, y mucho menos en la época en la que sucede el argumento. El impacto de la cinta del famoso salto de Baby y Johnny fue tremendo entre el público femenino, como ahora lo es el musical, pero ha pasado a la Historia con una retahíla de sambenitos que poca justicia hacen al verdadero trasfondo del guión y a las intenciones de su autora, que no eran para nada livianas. Viendo bailar a sus protagonistas no se trata tanto de averiguar qué pasó en 1963, escenario de la trama, sino más bien qué ocurrió en 1987, momento del estreno del filme, para que tanto marcara su proyección.

La complejidad de llevar la película (sitios y tiempos) al escenario se salva solventementeAl final siempre queda el icono de Baby volando sobre los brazos de Johnny

Con el consabido golpe de efecto sobre el aborto de por medio (un tema inhóspito en los 60 y crudo en los 80) que lejos de moralizar abre puertas a un debate que lamentablemente sigue vivo y olvidado, es clave la argucia de que sean la música y el baile los hilos conductores tras los que se hable de clasismo, racismo, libertad sexual femenina, liberación... y otras asignaturas, pero en un marco altamente digerible que sigue posibilitando que coexistan dos argumentos en uno.

En este musical de "ya está bien de bailar sin rozarse", que es en realidad la mecha que enciende la liberación de Baby, la complejidad para llevar la peli (sitios y tiempos) al escenario se salva de manera muy solvente. Meter Dirty Dancing en un teatro es más complejo que proyectar la película. Intentar replicar al gusto de todos (sobre todo de todas) el espíritu original sin que pierda ese carácter reivindicativo y hasta subversivo que subyace en el argumento, pero sin incordiar a quienes no quieren ir a pensar, solo a divertirse, es tarea complicada. Pero este Dirty consigue ese equilibrio dando una de cal y otra de arena. De los bailes corales a la sexualidad femenina sin tabúes, de unos impecables cantantes y grupo a la oda al hombre objeto, de acarameladas escenas a la denuncia sobre injusticias sociales…, y al final siempre queda el icono de Baby volando sobre los brazos de Johnny, como símbolo de que ella le necesita a él para alzar el vuelo, de que estamos juntos en esta inacabada revolución.

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