Crítica Teatro cine

El amor y sus complejos

Una escena de la obra, el pasado sábado en el Teatro Góngora. Una escena de la obra, el pasado sábado en el Teatro Góngora.

Una escena de la obra, el pasado sábado en el Teatro Góngora. / jordi vidal

Gran entrada la que el Teatro Góngora registró el pasado sábado para esta nueva versión de Cyrano de Bergerac firmada por Carlota Pérez Reverte y Alberto Castrillo Ferrer, este último a cargo también de la dirección, y protagonizada por José Luis Gil.

La producción presenta al Cyrano audaz como espadachín, defensor de su libertad, camarada leal, divertido bufón, virtuoso de la palabra... Sobrado de atributos para obtener el favor de cualquier dama si no fuera por su nariz. Sobre esta protuberancia giran sus aguerridas e ingeniosas acciones al mismo tiempo que oculta detrás de ella su auto desprecio y el miedo al rechazo de la persona amada. Solo al final, cuando se pierde la vida y nada hay que temer, Cyrano se despoja de la nariz que ha sido siempre su máscara para que el destino se vuelva a reír de él por última vez.

Todo el elenco potencia, si aún cabe en mayor grado, la soberbia actuación de Gil

La producción cuenta con una escenografía funcional donde predomina de manera destacada el buen uso de vídeo proyecciones para la ambientación de los diferentes cuadros. Junto a este detalle se une el cuidadoso espacio sonoro, vestuario y maquillaje. Alberto Castrillo-Ferrer aprovecha la ocasión de representar este clásico para aportar su visión particular del teatro. Sin dejarse llevar por el romanticismo ni el drama, plantea un espectáculo que da cabida a otras emociones con momentos para reír, bailar y cantar. Su reparto de actores y actrices han sabido interpretarlo haciendo un trabajo sólido y convincente: Rocío Calvo, Carlos Heredia, Ricardo Joven y Nacho Rubio facilitan con sus personajes secundarios la cobertura necesaria para dinamizar la escena. Ana Ruiz y Álex Gadea logran que sus enamorados adquieran peso sin dejarse llevar por una ingenuidad o candidez propia de quien se influencia por lo superficial sin rasgar hacia el interior. Todo el elenco potencia, si aún cabe en mayor grado, la soberbia actuación de José Luis Gil, que se enfunda en su Cyrano como un guante hecho a medida e incluso es capaz de resolver en las coreografías de esgrima. Su interpretación llena de elocuencia, repleta de matices, bien arropada con una perfecta voz y dicción recibió la mayor ovación del público al finalizar la obra.

Cualquier persona que profundice en la figura de Cyrano tiene la oportunidad de encontrar algo de sí misma. Gran parte de las fortalezas que desplegamos y son visibles al exterior solo son máscaras sostenidas sobre cimientos de otras debilidades que nos esforzamos por ocultar y, en ocasiones, el miedo a no ser correspondidos o aceptados se convierte en el motor que impulsa nuestros actos, alimentando el deseo. Al fin y al cabo, todos tenemos nariz.

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