Trenes cogidos en marcha

  • Andy Summers repasa en 'El tren que no perdí' (Global Rhythm Press) su larga trayectoria musical, desde el Londres psicodélico al éxito mundial con The Police

Entre 1978 y 1983 The Police vendió millones de copias de sus cinco discos y llegó a convertirse, en buena medida gracias a la ayuda inyectada por la entonces incipiente MTV, en un fenómeno de masas global. Al final de su carrera, los miles de seguidores del famoso trío abarrotaban sus interminables giras a lo largo y ancho de todo el mundo generando aún más millones de dólares al adquirir una amplia panoplia de mercadería. Cercano el fin, la maquinaria en torno a Sting, Andy Summers y Stewart Copeland parecía imparable. Sin embargo, ni entonces ni en sus inicios contó la banda con el beneplácito de la crítica ni de los oyentes más al día, que habían pasado de considerarla una impostura engordada al amparo del punk a, simple y llanamente, otro de esos grupos dinosaurios contra los que la new wave se levantó en armas.

Summers no lo reconoce abiertamente, pero el desdén con que trata a esos críticos -en el sentido más amplio- en su reciente autobiografía, El tren que no perdí, delata que ésa es una espina que no ha conseguido sacarse siquiera con los años. La sombra de aquel menosprecio persigue al músico a lo largo de todo el volumen, traducido por Carlos Abreu y publicado en España por Global Rhythm Press, y tras una tanda de ocasionales dardos envenenados contra aquellos que no comulgaban con su carrera, estalla en todo su esplendor psicológico a raíz del relato del éxito en Norteamérica, más temprano que el cosechado en su propio país, Gran Bretaña: "En Estados Unidos no teníamos que hacernos perdonar el hecho de haber cogido una guitarra antes de la era punk", viene a decir el bueno de Andy. ¿Así que era sólo eso?

Desde luego, es historia conocida, Summers ya dominaba su instrumento mucho antes de entrar de rebote en The Police sustituyendo al guitarrista original, Henri Padovani. De hecho, hasta llegar a esa parte de la narración el músico dedica casi doscientas páginas a evocar no sólo ya el habitual escenario infantil -la memoria bucólica del paisaje rural del Bournemouth de los 50, el descubrimiento escolar de la música, la primera fascinación por el jazz...-, sino también el largo rosario de formaciones en las que se irá enrolando a lo largo de aquella etapa de su existencia con una fortuna más o menos similar: siempre parece llegar demasiado tarde a las modas que pretende que lo remolquen, aunque él a menudo prefiera entender que su talento como músico aún no ha sido apreciado en su justa valía.

Ya instalado en el efervescente Londres de los 60, bien desde las filas de Money's Big Roll Band o de los psicodélicos Dantalian's Chariot, Summers se codea con toda aquella corte de músicos que hizo historia: trata de tú a tú a Jimmy Page y hasta comparte jam y charlas con Jimi Hendrix, entre tantos y tantos otros. Está en la pomada, pero no llega a untarse en la medida que sin duda ansía.

Robert Wyatt lo recluta para aquella comuna que responde al nombre de Soft Machine, pero Kevin Ayers le coge ojeriza -es tan bueno tocando...- que tiene que abandonar la banda antes de participar en grabación alguna. Se enrola en los reestructurados The Animals de Eric Burdon y con ellos viaja a Estados Unidos, pero cuando la década toca a su fin se queda colgado en Los Ángeles y casi manda del todo a paseo el acelerado universo de las bandas, los conciertos y el rock'n'roll. Estudia guitarra clásica, da lecciones y acaba descubriendo al gran amor de su vida.

De vuelta en Gran Bretaña en 1973, Summers sigue dispuesto a hacerse un hueco en el panorama musical británico, pero no tarda mucho en descubrir que aterriza entre dos aguas: precedido por el pub-rock, el punk está a la vuelta de la esquina y ya nada va a ser lo mismo. Al final lo consigue, aunque aquél sea también otro tren cogido en marcha -ha conocido a Sting como bajista del grupo de jazz-fussion Curved Air, eso ya dice bastante-.

Outlandos d'Amour (1978), Reggatta de Blanc (1979), Zenyatta Mondatta (1980), Ghost in The Machine (1981) y Synchronicity (1983), cuyos procesos de gestación son pormenorizadamente revisados en el libro, avisan, asientan y desintegran la trayectoria de un grupo con evidentes aciertos -su discografía es un imán que atrae a un buen porcentaje de las grandes audiencias de la época hacia corrientes subterráneas- y un final tan abrupto como predecible. Quizás El tren que no perdí también lo es -incluido el sentimental happy end-, sin embargo su lectura da claves de sobra para entender la personalidad de Summers y lo que éste ve hoy en sus antiguos compañeros, con los que recientemente volvió a compartir escenarios. A partir de ahí, allá cada cual.

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