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Ideada por Mel Brooks en 1965 como parodia televisiva del cine de espías y agentes secretos en el contexto histórico y cultural de la Guerra Fría, la serie Superagente 86 (Get Smart en su versión original para la NBC) supo sacar partido a los decorados de cartón piedra, los gadgets tecnológicos y la torpeza congénita de su protagonista (Don Adams) a través de una serie de disparatadas y blandas aventuras para todos los públicos.

Cuarenta y tres años después, y en un mundo donde los bloques políticos han dado paso al dibujo maniqueo de buenos y malos entre el orden (C.O.N.T.R.O.L.) y el terror (C.A.O.S.), el Superagente 86 regresa en la piel del comediante de moda Steve Carrel (Virgen a los 40, Little Miss Sunshine), quien presta su vertical hieratismo del absurdo a la lucha contra unos terroristas rusos de pacotilla acompañado por la atractiva agente 99 que interpreta la pálida Anne Hathaway (La joven Jane Austen, El diablo viste de Prada) y por otros rostros conocidos como Alan Arkin, The Rock, Terence Stamp o el mismísimo Bill Murray.

Infantilizada hasta la náusea, tonta hasta decir basta, la película de Peter Segal (Profesor chiflado 2, Ejecutivo agresivo) agrede sin piedad al espectador nostálgico menos exigente por su flagrante ausencia de gracia y creatividad, por la inexistencia de eso que llaman química entre sus dos protagonistas, por el trazo espeluznantemente grueso de su supuesto sentido del humor y, en última pero no menos determinante instancia, por el desinterés y el imperdonable feísmo con los que está filmada.

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