Quemando millones ante el altar del cine clásico

Sería injusto decir que el éxito como productor y realizador -además de publicista (el conocido anuncio de Chanel nº 5 interpretado por su musa Nicole Kidman) y director de ópera- de Baz Luhrmann es sólo producto de una superficial brillantez que se tomó por creatividad, una astucia que se tomó por inteligencia y una extravagancia oportunista que se tomó por originalidad.

Algo más que superficialidad, astucia y oportunismo se adivinaba -tras su debut hortera con El amor está en el aire- en su versión kitsch de Romeo y Julieta y se confirmaba en Moulin Rouge, hasta hoy el último gran musical de la historia del cine. Aunque sería igualmente injusto, a la vista de Australia, pretender que en Luhrmann se reúnen esa creatividad, inteligencia y originalidad que singularizan a los grandes hombres de cine. Ya se verá cuando se mida con El gran Gatsby, el difícil texto de Scott Fitzgerald que derrotó al mismísimo Jack Clayton.

Con Australia el hombre ha querido hacer, a la vez, un Lo que el viento se llevó, un Doctor Zhivago y un Memorias de África que representara para Australia lo que estas grandes (las dos primeras) y hermosas (la tercera) películas representaron para el Sur de los Estados Unidos durante la Guerra de Secesión, la Rusia revolucionaria y el África colonial: la fusión entre historia, pasión y paisaje.

Pero Luhrmann no tiene el genio de O' Selznick y Lean, ni el talento de Pollack. Y la ambiciosa empresa le desborda. No logra contar la historia colectiva de Australia a través de las historias individuales de sus personajes; ni convertir el paisaje en una extroversión de sus pasiones. Es decir, no logra crear la épica melodramática que invoca quemando millones ante el altar del cine clásico. El resultado es entretenido, espectacular a veces y nunca emocionante.

El primer problema está en el guión. Los modelos referenciales de Luhrmann tenían las sólidas bases de uno de los mejores best-seller de la historia de la literatura popular (Margaret Mitchell: Lo que el viento se llevó) y dos grandes novelas (Boris Pasternak e Isak Dinesen: Doctor Zhivago y Memorias de África). La historia de Australia, escrita por el propio realizador con la ayuda de los prestigiosos Stuart Beattie y Ronald Harwood, es de un elemental esquematismo que empobrece los modelos en los que descaradamente se inspira (especialmente el de la gran novela de Isak Dinesen) y crea unos personajes elementales que frustran las capacidades interpretativas de Nicole Kidman y Hugh Jackman, una pareja que podría haber aspirado a desplegar en la pantalla un duelo de seducción con posibilidades de compararse a los de Leigh/Gable, Christie/Shariff o Streep/Redford.

Pero no es este del guión el problema más grave, porque no hay buena realización que no pueda enmendar un guión débil. Lo que más daña a la película son las escasas fuerzas de Luhrmann para el cine dramático de factura clásica. O lo que es lo mismo, para establecer una continuidad narrativa en crescendo dramático.

Los talentos demostrados por este realizador hasta el momento eran justamente los contrarios: la construcción de películas-mosaicos hechas con micro secuencias a su vez fragmentadas por un montaje histérico. En Romeo y Julieta, Shakespeare le dio el mejor bastidor posible para que su mosaico compusiera una historia.

En Moulin Rouge las características del musical -¿no eran sumas de fragmentos los deslumbrantes números de Berkeley en los años 30?- le permitió desplegar su talento visual. Pero en Australia el bastidor argumental es tan endeble, y el género en el que se aventura tan exigente, que su esfuerzo sólo alumbra una cara, brillante y colorista -pero hueca y leve- pompa de jabón.

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