Oxígeno humanista para un mundo global y asfixiado

Pasa de premios, pasa de reconocimientos, pasa de palmaditas en la espalda. No parece ser que sea por soberbia. Más bien huye de los condicionantes, esos que nunca ha querido que tomen forma si no llegan en forma de aliento desde el público. Así las cosas, el martes Paco Ibáñez se llevó a la cama un saco de satisfacciones, pues el abarrotado Gran Teatro le cubrió de autoridad de principio a fin. Y de aplausos. Y de recuerdos. Y de complicidades.

Este trovador impenitente de pie en silla y voz aguardientosa ofreció un concierto en el que situó como referente (no podía ser de otra manera) a una larga nómina de poetas y que resultó un exorcismo a través del que cada cual vislumbró sus demonios, sus recuerdos; y los entonó.

Paco sobrepasa la mera acepción de cantautor al uso, tal y como demostró en Córdoba. Se pierde haciéndose el loco por entre otras que lo mismo le hacen irrepetible evocador de poesías oscuras, lúcido crítico del hoy a través de letras de siempre, homenajeador de guerreros de la palabra no siempre reconocidos, y creo que por encima de todo ello, activista. Porque para Ibáñez es fundamental explicar cosas a través de las canciones, concienciar, remover, distanciarse del adocenamiento y buscar en el público el revulsivo que a través de la poesía necesitan estos tiempos de hoy, que para qué les voy a contar.

Nadie va a descubrir ahora la relación de Ibáñez con la literatura. Ese vínculo que convierte en mano de martillo aferrado a su guitarra y que en Córdoba volvió a levantar contra la injusticia y a favor de lo sensible, de lo humano. Esa fuerza que le convierte en un clásico utilizado por los profesores de Lengua y Literatura española como material pedagógico y que en esta ocasión puso al servicio de la reivindicación de El Cholo Vallejo al cumplirse 70 años de su muerte autoanunciada en París.

Mientras Ibáñez evocaba al autor de Los Heraldos Negros, en el Instituto Cervantes de Moscú, su director Víctor Andrescu advertía a los presentes en un homenaje a Vallejo de que Paco a esas horas le interpretaba en Córdoba. A galope, mano a mano con la justicia social, con el humanismo, en busca de oxígeno para un mundo asfixiado por la globalidad.

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